El Capital, Crítica de la economía política, Karl Marx

[Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie]. Obra capital de Karl Marx (1818-1883) en tres volúmenes. El primero se publicó en Hamburgo en 1867; el segun­do y el tercero los publicó Engels después de la muerte del autor respectivamente en 1885 y en 1894. Por lo común es conocido sólo el primer volumen que, a pesar de ser el más importante y fundamental, no da una idea exhaustiva del pensamiento de Marx. En la sociedad capitalista — así comienza el volumen — la mercancía no cuenta por su valoración social: se ha convertido en un objeto abstracto, un fetiche. De modo particular, el dinero «que refleja sobre una mercancía sus relaciones con todas las de­más», se apodera del alma humana y la tira­niza como un demonio. El dinero es el que compra a los hombres y el trabajo de éstos. La fuerza-trabajo, productora de las mercancías se cambia y se compra como otra mercancía cualquiera, obedece a las mismas leyes del mercado, olvidando que detrás de ellas hay un hombre, con su fa­milia: el proletario. Este proletario es libre, pero si no vende su trabajo se muere de hambre. Vende su capacidad de trabajo, pero ésta es una cualidad personal, y no se puede vender aisladamente; por esto una vez hecho el contrato entre capitalista y trabajador, éste, con toda su personalidad y sus necesidades, pasa a manos del otro. Para el capitalista, el dinero debe multi­plicar dinero. También el dinero invertido en los salarios se multiplica, o sea, que la fuerza humana adquirida renta al capi­talista una plusvalía, además del valor con que se paga. La formación de la plusvalía y su aumento se efectúan de las siguientes maneras:

1.°) el capitalista obliga al operario a darle su trabajo por un tiempo su­perior al que se necesita para compensar el salario;

2.°) la mercancía-trabajo, en vez de consumirse como otra cualquiera, pro­duce — al consumirse — un valor superior al que representa, esto es, que el trabajo produce un excedente sobre su coste, que es la plusvalía, monopolizada por el capita­lista, el cual tiene poder de imponer al ope­rario las condiciones que quiera;

3.°) cuan­do no es posible ulteriormente aumentar la jornada de trabajo por vía directa, el capi­talista procura aumentarla indirectamente, modificando el proceso técnico; toda me­jora de la técnica productiva equivale a un aumento de la jornada de trabajo; aumen­ta la producción y por eso acrece la plusva­lía.

Esta última consideración pone en claro que, en un momento dado de la evolu­ción del proceso productivo, esto es, cuan­do el capitalista ha llevado a su extremo límite los dos primeros modos de aprove­chamiento, el problema del aumento de la plusvalía se torna esencialmente un pro­blema técnico: mejorar los medios técnicos de la producción. Los inventos mecánicos han sido, a este respecto el gran recurso del capitalista. En manos del capitalista la plusvalía se convierte en nuevo capital; así se obtiene la acumulación. Esta, por un proceso cuyas varias fases analiza Marx, conduce a la concentración de los capitales y a la centralización, hasta que el capita­lismo cae en un círculo vicioso. He aquí cómo se sintetiza en el pensamiento de Marx el círculo cerrado del sistema capi­talista: en la competencia de la producción vence el precio más bajo; el precio más bajo es el resultado de un alto rendimiento de trabajo, y éste se resuelve en máquinas más poderosas y en talleres más perfeccio­nados, y por tanto en un capital mayor; de aquí la necesidad de acumular a ritmo creciente; pero cuanto más se acumulan las máquinas, más disminuye, proporcionalmen­te el número de obreros, más pequeña se hace la proporción del capital circulante (mano de obra) respecto al capital fijo (máquinas, instalaciones, etc.); pero así como la plusvalía deriva del capital circu­lante, cuanto más pequeña sea la propor­ción de este capital, tanto menor se hace la proporción de la plusvalía (qué pue­de aumentar en valor absoluto, pero dismi­nuye en valor relativo).

En tanto, crece la masa de obreros desocupados de manera que las posibilidades de consumo decrecen, mientras por otra parte aumentan las mer­cancías en el mercado. Entonces es menes­ter para que los parados vuelvan a consu­mir, ocuparlos en nuevas ramas de la in­dustria, o desarrollar las que ya existen. Pero para esto, son menester nuevos capi­tales y los nuevos capitales no se pueden obtener sino con la acumulación, y la acu­mulación no se obtiene sino con el aumen­to de la plusvalía. Para aumentar el valor relativo de la plusvalía sería menester dis­minuir el valor de la mano de obra, bajan­do el precio de las mercancías consumidas por el trabajador. Para disminuir el precio de las mercancías es necesario aumentar la productividad, mejorando la técnica. Y para mejorar la técnica, es menester también acumular, aumentando la plusvalía, y así sucesivamente. El círculo vicioso queda cerrado. De cuando en cuando el círculo se interrumpe; con los almacenes repletos, y las salidas cerradas, el mercado ya no acepta nada; quiebras, obreros sin trabajo, revueltas de los hambrientos: crisis. Tal es el círculo vicioso del sistema capitalista; pero éste, como el sistema de que es ex­presión ha tenido también su punto de par­tida. Al origen del capitalismo corresponde el origen de la acumulación, pecado origi­nal de la economía política. La primera acu­mulación del capital es fruto de una ex­propiación: de propiedad privada conquis­tada con el trabajo. Inmediatamente se tiene una nueva forma de expropiación: la del capital inferior, que ya se aprovecha de una muchedumbre de operarios. Todo ca­pitalista ha matado a otros y, la mayoría de las veces, será muerto por uno mayor que él.

El proceso alcanza tales extremos que en un momento dado, el número de los capitalistas es tan pequeño que, se vuelve amenazadora para ellos la masa de la mi­seria que, en el polo opuesto, se organiza, se une y se subleva. Es el propio desarrollo del mecanismo capitalista el que anima esta masa; en efecto, el monopolio del capital se torna un impedimento hasta para los métodos de producción surgidos del mismo capitalismo. La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo, alcanzan tales límites que resultan incom­patibles con la estructura capitalista, den­tro de la cual se han originado y se han determinado (aquí particularmente emerge el principio evolucionista del materialismo histórico: v. Crítica de la economía política). La estructura se convierte en superestruc­tura, y habrá de derrumbarse. El final de la propiedad capitalista está próximo. Los expropiadores serán expropiados. El segun­do volumen describe minuciosamente el fun­cionamiento del mercado, del cual son escla­vos los capitalistas; pero éstos, para dis­minuir los riesgos de los caprichos del mercado, se ayudan recíprocamente, fundan las bancas, adoptan medidas de seguridad. Así los fenómenos caóticos acaban por regularizarse, y el capitalista consigue vivir más seguro en su propio edificio. Pero mientras tanto el mecanismo se ha complicado, y el capitalista, a pesar de seguir obte­niendo la plusvalía sólo de su actividad de industrial, asume nuevas funciones: se convierte en comerciante, mediador, ban­quero, latifundista. Se hace ayudar por una muchedumbre de otras personas; éstas ayudan al capital a conseguir su provecho, y por esto reclaman una parte de él. El pro­vecho, en adelante habrá de ser repartido entre todos los lobos de la horda. El modo como haya de ser dividido viene marcado por el propio juego del mecanismo capita­lista. Ya la economía clásica había notado que los capitales empleados en las más di­ferentes empresas dan en un mismo país y en un mismo tiempo, una proporción igual de provecho. En el tercer volumen del Capi­tal Marx explica que los diferentes prove­chos se igualan en el momento de la venta de la mercancía, porque el capital no ingresa el provecho de su producción particular, sino únicamente su parte en el botín gene­ral. Los capitalistas se comportan en lo que concierne al provecho, como accionistas de una gran sociedad: no se distinguen unos de otros sino por el importe relativo de los capitales empleados por cada uno de ellos.

P. E. Taviani