El Arte como Experiencia, John Dewey

[Art as Experience]. Obra de John Dewey (1859- 1953), publicada en Nueva York en 1934, que recoge en volumen diez conferencias por él pronunciadas en 1931 en la Univer­sidad de Harvard. En ellas el autor presentó una teoría del arte que en algunos aspectos se relaciona con algunas teorías estéticas, pero en su íntimo núcleo vuelve, en cierta manera, a lo menos cómo método de inda­gación, a las teorías estéticas del empirismo inglés.

No se debe olvidar que Dewey es uno de los representantes más autorizados del pragmatismo (con su tendencia a un empirismo más o menos radical) y se inte­resa sobre todo por problemas educativos desde el punto de vista sociológico. Su es­tética se resiente de todos estos motivos: sobre todo en su manera de afrontar el problema. La concepción de lo bello como cosa aislada de toda otra forma del espíritu humano, la afirmación de que lo bello es debido a una especial actividad (el arte) y a ciertos individuos, la idea de que la emoción estética es especial debida a la contemplación de objetos especialmente ar­tísticos, todas estas ideas proceden de una forzada separación del fenómeno estético de los demás, halla expresión en la cos­tumbre de aislar los objetos artísticos del resto de las cosas que podemos percibir, encerrándolos en museos y galerías como si entre la emoción estética y las demás ex­periencias nuestras no existiere nada co­mún. Contra esta suposición, Dewey (como en Escuela y sociedad v., donde tiende a incluir la educación en el cauce de la vida social) quiere examinar la cualidad esté­tica como cualidad de la experiencia co­mún, no como fenómeno aparte, y comienza por preguntarse qué es lo que, en la expe­riencia común, le concede ya cualidad es­tética.

Aquí Dewey examina con agudeza cómo se manifiestan nuestras emociones frente a las experiencias comunes, y esta­blece que el gozo, el temor, etc., no son estados de ánimo inmóviles y momentáneos, sino una fluencia, de experiencias interiores suscitadas por algún acontecimiento que se desarrolla ante nosotros. Toda «experien­cia» es resultado del juego recíproco entre el desarrollo de un acontecimiento exterior y una criatura viviente, y este juego no es casual, desordenado, sino que tiene ritmo y proceso, un comienzo, una conclusión. Cuando este proceso no presenta choques y disonancias y se desarrolla armónicamente hasta una conclusión rítmica, ofrece ya, por si mismo, cualidad estética, indepen­dientemente de todo propósito artístico y de todo esfuerzo por crear una obra de arte. Ésta surge de la tendencia a dar expresión estética a aquella experiencia ya dotada de cualidad estética, esto es, a transformar la actividad normal del espíritu que re­cibe una experiencia en el acto de ex­presión. Esta expresión es exteriorización de esa experiencia interna vivida; las cosas exteriores y las emociones, recordadas y ac­tuales, se convierten en medios expresivos, en lugar de permanecer como elementos interiores válidos por sí mismos. Pero la expresión como tal no es estética ni artísti­ca: toda emoción tiende a expresarse, pero puede suceder que esto tenga sólo por ob­jeto desfogar la emoción en un grito, un gesto, etc. («expresión de descarga»).

La expresión estética en cambio es debida a una especie de trasposición; la emoción, en su curso, atrae a sí otros estados de ánimo y recuerdos experimentales de naturaleza análoga, de manera que produzcan un or­den, una unidad superior a la debida al simple desenvolvimiento natural de la emo­ción. Esta unidad expresiva multiforme produce una emoción de otro género que el originario: la emoción artística, que no es cosa totalmente extraña al curso de la experiencia emotiva, pero tampoco emo­ción y cualidad absolutamente indistingui­bles de las demás emociones y cualidades de experiencia. Consecuencia importante, dadas las preocupaciones sociológicas de Dewey; puesto que la obra de arte es obra expresiva, su objeto es la comunicación a otros. Por lo tanto el arte tiende esencial­mente a poner en contacto inmediato a los hombres entre sí, constituyendo entre ellos un vínculo de experiencias inmediatas co­munes, que son el único medio para salir de ese individualismo que superan otras formas de comunicación, pero sin fundir realmente a los hombres en una comunidad emotiva, de experiencia inmediata. Por otra parte, la estrecha unión de forma y conteni­do en la obra de arte no es más que ex­presión de la íntima unión de pasividad y actividad en toda experiencia concreta: no reaccionar a las impresiones recibidas con emociones y acciones, indica una torpeza menos que humana; el acto de dar forma al contenido emocional para crear la uni­dad que es toda obra de arte, representa el más alto potencial de experiencia posible para el hombre y, si la filosofía se ha inte­resado siempre por el problema estético, ha sido precisamente porque lo bello, en su síntesis de lo particular y lo general, de antiguo y nuevo, y, sobre todo, de real e ideal, tiene un significado mucho más pro­fundo del que puedan tener los varios ele­mentos de la obra de arte cuando son ais­lados para someterlos a un examen inte­lectual. [Trad. española de Samuel Ramos (México, 1949)].

M. Manlio Rossi