Discursos y cartas de Della Casa

[Orazioni e lettere di Della Casal. Forman la obra en que mejor se transparenta la ac­tividad práctica, tanto privada como públi­ca, de Giovanni Della Casa (1503-1556). Por eso, sin duda, se publicaron juntos, aunque parcialmente, desde las primeras ediciones (Florencia 1707, Venecia, 1728, etc.). El pri­mero en el orden del tiempo es el amplio Discurso por la Alianza pronunciado ante el Senado veneciano en 1548 para atraer a la república la Liga formada por Paulo III con el Rey de Francia, los potentados de Italia y los suizos, contra Carlos V. Se im­primió en París en 1667.

Los medios em­pleados por el orador están en relación con los prejuicios venecianos. Rica por ello en referencias políticas, alusiones, razona­mientos, a menudo profundos, como la ad­monición a los venecianos sobre el apartarse de la neutralidad y no reposar en las glorias hereditarias y sobre la identifi­cación de los destinos de Venecia con los destinos de Italia, claro signo de una con­ciencia política que se hallaba a punto de surgir. El retórico va de la mano del políti­co; por eso su elocuencia y su estilo cono­cen, a pesar de ser tan floridos, la medida y el freno. En los momentos más elevados, lo­gra ser fuerte y cálido; en los momentos irónicos, rebate los argumentos sobre los juicios adversos a Dante.

Se ha hecho cé­lebre el Discurso por la restitución de Piacenza, escrita en 1549, a petición de los Farnesio, quienes después del asesinato de Pier Luigi Farnesio. se acercaron a la política de Carlos V para conseguir de nuevo la ciudad, ocupada por las tropas imperiales. Se imprimió en 1558. Trata sobre todo de endulzar el ánimo del emperador, recu­rriendo a la piedad filial, a la justicia divi­na, al amor y al respeto debido a Italia y al Imperio. Semejante a un buen abogado, Della Casa se desenvuelve diestramente en­tre la necesidad de servir a sus amos, la de no despertar la susceptibilidad imperial, y la de salvaguardar al mismo tiempo la dignidad propia. De aquí el decir y el no decir, los barroquismos aduladores, las blan­duras sutiles, el arte de los fingimientos retóricos.

Dignamente se sostiene junto a este discurso, el largo fragmento escrito en años posteriores: De las alabanzas de la Serenísima República de Venecia a la no­bleza veneciana. Es uno de los más bellos fragmentos de la literatura italiana escritos en honor de Venecia, de su magnificencia, su arte y su civilización. Algunas de las notas en elogio de Italia, de Venecia y a la gloria de sus héroes, resuenan en el largo frag­mento latino de la Oratio funebris a los muertos de Prevesa. En ella se ve mejor, como en Della Casa no es todo ciceronismo; supo también aprender de Demóstenes y de Tucídides, de los que tradujo mucho y en cuyos discursos se formó. De otro género, apologética y de estilo más seco, es la Dissertatio contra Paolo Vergerio, el cual, debiendo ser juzgado por Della Casa en una acusación de herejía, se arrojó contra el púlpito desde donde debían amonestarle.

La Dissertatio está por tanto más cerca de sus numerosas «cartas latinas», de contenido histórico, literario o lingüístico, enviadas a los amigos: entre ellas es notable la que elogia a Bembo In Historias Petri Bembi. Ninguna preocupación artística se nota por el contrario en las «Cartas en lengua vul­gar». Entre ellas destacan las juveniles de 1525 a 1545, dirigidas a Ludovico Benatello y Carlos Gualtieruzzi, los doctos y caros amigos boloñeses, escritas «a la buena de Dios», algunas en lenguaje jocoso, una incluso está en jerga. Son importantes por la descripción que hacen del hombre, de su formación cultural y para el conoci­miento de su siglo.

Dejando aparte las otras, destacan por su importancia algunas de cada grupo: las dirigidas al nieto Anniballe Ru­cellai, de contenido educativo-moral a la vez que literario, que se pueden colocar al lado del Galateo (v.) como su ilustración y comentario: y las de contenido religioso, político y judicial, enviadas también a Gual­tieruzzi durante la Nunciatura entre 1544 y 1549. Dejando aparte los resabios curia­les y cierto barniz de la vida oficial, se descubre a Della Casa en su verdadera na­turaleza de florentino agudo y gracioso: despreocupado a lo Boccaccio, se muestra como un hombre de mundo, experto, suelto, de buen sentido, si bien no tanto que deje sobre todo de prevalecer el humanista ena­morado de la poesía elegida por él, como ley suprema de la vida.

C. Curto