Discursos sobre el derecho de paz y de guerra, Antoine Barnave

[Discours sur le droit de paix et de guerre]. Estos discursos fue­ron pronunciados por Antoine Barnave, en el mayor duelo oratorio pro­ducido entre él y Mirabeau en el seno de la Asamblea Nacional francesa, en mayo de 1790. La ocasión fue debida a los rumores suscitados por un incidente ocurrido entre ingleses y españoles en América del Norte, a orillas del Pacífico; por lo que se planteó la siguiente pregunta: «¿La nación ha de delegar en el rey el ejercicio del derecho de hacer la paz y la guerra?» Se trataba de establecer los principios que regularían las relaciones internacionales de la Francia re­volucionaria.

Barnave encuentra la fuerza de sus argumentos en los principios funda­mentales de la Declaración de los derechos del hombre (v.): la soberanía del pueblo, la separación del poder legislativo del eje­cutivo, la ley como expresión de la sobera­nía del pueblo. El ejercicio del derecho de hacer la paz o la guerra, como el de dictar las leyes, deberá pertenecer a la Asamblea legislativa, representante del pueblo, con­servando el rey el derecho de mandar las fuerzas de tierra y mar, de empezar las ne­gociaciones, de nombrar embajadores, de firmar tratados. Barnave acusaba en cambio al proyecto de Mirabeau de «anarquía cons­titucional» y revelaba el engaño que se es­condía bajo el espejismo de una fácil con­temporización de ambos poderes: el legis­lativo y el ejecutivo.

Con hábil maniobra parlamentaria, Mirabeau replicaba a Bar- nave: «Decidme que no hay necesidad del rey, no me digáis que hay necesidad de un rey inútil». Pero el valor y la fuerza dia­mantina de Barnave no disminuían: «La iniciativa, la sanción y el decreto no pue­den confundirse nunca. Entre los distintos poderes hay uno que tiene siempre la prio­ridad de la iniciativa, y a otro pertenece el decreto y la sanción. La Asamblea na­cional ha votado que las leyes se pronun­ciasen siempre debido a la moción de uno de sus miembros. Dar al cuerpo legislativo, no el derecho de decretar la guerra, sino sólo el derecho negativo sobre la guerra, es dar al poder ejecutivo el derecho de comenzarla, es escoger una forma menos constitucional, menos conveniente a la dig­nidad nacional y a la del rey».

Después de cinco días de un debate que crecía cada vez más, la Asamblea aprobó el texto de Mirabeau, al que él mismo había diplo­máticamente aplicado algunas enmiendas: «El derecho de hacer la paz o la guerra pertenece a la nación. La guerra sólo podrá ser decidida por un decreto de la Asam­blea nacional, que será emitido tras pro­puesta formal y necesaria del rey y será sancionado por él». Los diarios de la época refieren que a la salida de la sesión Bar- nave y los demás representantes jacobinos fueron llevados en triunfo por la multitud, mientras contra Mirabeau se lanzaba el epí­teto de traidor.

L. Rodelli