Discursos de Mirabeau

[Discours]. Pronunciados por Gabriel-Honoré Riqueti de Mirabeau (1749-1791) en los Estados de Provenza y en los Estados Generales, fueron publicados en cinco volúmenes en la colec­ción de sus trabajos en el seno de la Asam­blea Nacional Francesa (1791).

Desde el ma­nifiesto A la nación francesa del 11 febrero 1789, en torno al derecho a votar —que se le discutía— entre los poseedores de feudos en Provenza, donde Mirabeau establece los principios fundamentales en los que se ins­pirará su lucha política empeñada en conci­liar las fuerzas vivas de la Revolución con las conservadoras — aún válidas durante la monarquía, si bien atemperadas por la cons­titución — paulatinamente, a través de las propuestas y debates de la asamblea, hasta las extremas y arriesgadísimas tentativas para salvar a los jacobinos ante el rey, y al rey ante los jacobinos, librando una batalla en la tribuna y otra entre los bas­tidores de una vida fastuosa, estos Dis­cursos nos conservan, con las muestras de la genialidad de una oratoria fascinadora y poderosa, los acentos de una fuerza admira­blemente dúctil y consciente.

Citemos, entre los más notables, los discursos del 15 de junio de 1789, para que los Comunes se constituyesen con el título de «Representan­tes del pueblo francés»; del 23 de junio de 1789,           en respuesta a la orden del rey de re­unión de los estamentos en salas separadas; del 17 de julio de 1789, sobre la declaración de los Derechos del Hombre; del 9 de octu­bre, sobre la inviolabilidad de los diputados.

El secreto del éxito de su oratoria y de su lucha política está en colocarse por encima de las polémicas, afinadas y exasperadas por el rigor lógico, y en devolver todas las cuestiones desde su árida abstracción a una más inmediata y humana relatividad, «pues no es siempre oportuno consultar so­lamente el derecho sin conceder nada a las circunstancias». Por otra parte cedió mucho a sus ambiciones de hombre de mundo; pero mantuvo la palabra, por en­cima de todo práctico compromiso vital, a su promesa de ser «el hombre de la liber­tad pública, el hombre de la constitución, ruina de las clases privilegiadas. De hecho —afirma con el lenguaje mesiánico de su misión iluminada— los privilegios acabarán pero el pueblo es eterno».

L. Rodelli

Un bárbaro espantoso en cuestión de es­tilo. (Rivarol)