Discursos de Dinarco

El último en or­den cronológico de los oradores nombrados en el canon alejandrino, Dinarco, nacido en Corinto hacia el año 360 a. de C., que vi­vió en Atenas como meteco, y fue fiero ad­versario de Demóstenes, nos ha dejado tres discursos que tienen cierta importancia des­de el punto de vista histórico, pero que son de escaso valor literario. Constituyen una pequeña parte de la actividad de este orador a quien los alejandrinos atribuían de 60 a 64 discursos, considerando apócri­fos 27; tratan temas afines, porque se refie­ren todos al proceso harpálico y van res­pectivamente dirigidos contra Demóstenes, Aristogitón y Filocles.

Los temas, sobre todo en el primer discurso, son los mis­mos de Esquines, con alguna adición no muy importante. El esquema de estos dis­cursos es el tradicional, pero carecen de orden interior y de cohesión entre los di­versos conceptos, primera señal ésta, según el autor del diálogo Del orador (v.) (19- 26), de la decadencia de la elocuencia. En su forma, Dinarco es un seguidor de Demóstenes, aunque es más tosco y áspero) hasta el punto de que mereció de los anti­guos el sobrenombre de «Demóstenes cam­pesino»; toma por otra parte, elementos de Esquines, Lisias e Isócrates y no se aleja del aticismo; consigue cierta vivacidad y energía, por ejemplo, en la argumentación del discurso contra Demóstenes (I, 48 , 63), con el uso frecuente del asíndeton, la inte­rrogación y la personificación.

Los antiguos demostraron cierta estima por los discursos de Dinarco (Cicerón por ejemplo le nombra varias veces entre los últimos modelos de aticismo), y su juicio, por lo demás basado en un conocimiento mucho más vasto que el nuestro, de la obra de Dinarco, corres­ponde en general con el de los críticos mo­dernos, los cuales aprecian sobre todo los valores históricos que contiene.

C. Schick