Discursos de Andócides

De los seis discursos que hayamos citados por los an­tiguos como obra del ateniense Andócides, nacido de familia noble hacia el 440 a. de C., cuatro, de los cuales el tercero «Con­tra Alcibiades» es seguramente apócrifo, han llegado hasta nosotros; son importan­tes como documento, aunque no imparcia­les, para el conocimiento de un período muy agitado de la historia de Atenas, y nos informan ampliamente acerca de las complejas vicisitudes de la vida de su autor, que no fue sofista ni logógrafo, sino que compuso estos discursos para su defensa personal. El primero cronológicamente es el «De su regreso» pronunciado por el autor hacia el 409, para intentar volver a su patria de la cual se había visto obligado a desterrarse después del famoso proceso por mutilación de los Hermes, en el cual había podido evitar su condena sólo acusando a los demás conjurados.

En el segundo, «En torno a los misterios», pronunciado en 399, el autor se defiende con buen resultado de la acusación de impiedad, escogiendo con arte los argumentos y exponiéndolos con vi­vacidad. El último «Sobre la paz», pro­nunciado en 390 a propósito de la paz con Esparta, es notablemente inferior al segun­do, pero no hay razones suficientes para considerarlo apócrifo. En cuanto a su arte, Andócides es nombrado, aunque entre los últimos en orden de mérito, en el canon de los diez oradores, al paso que los críticos modernos lo han juzgado con severidad tal vez excesiva.

Andócides no es retor de profesión, ni ha tenido, en su trabajada vida, la posibilidad de ocuparse seriamente en estudios de elocuencia; esto explica las desigualdades de su estilo y en general la falta de un orden cualquiera en su cons­trucción, y de ornamentos retóricos en la forma; pero no faltan parajes de notable eficacia descriptiva y dramática, como aquel en que se representa («De los misterios» 36-39) el terror de Atenas después de la mutilación de los Hermes, o aquel otro en que describe los sentimientos contrarios que trabajaban su ánimo en la noche ante­rior a la denuncia de los cómplices (disc. cit., 48, 56).

C. Schick