Discursos a la Nación Alemana, Johann Gottlieb Fichte

[Reden an die deutsche Nation}. Se trata de 14 lecciones que el filósofo alemán (1762-1814) dictó en la Uni­versidad de Berlín, desde el 15 de diciem­bre de 1807 al 20 de marzo de 1808. A poco más de un año de la batalla de Jena, el filósofo se propuso indicar a la nación ale­mana el medio de recobrarse moralmente y afirmar de nuevo su nobleza y vitali­dad. Pasó el momento en que hubiera sido posible salvar la independencia del país mediante reformas políticas: ahora es nece­saria una renovación moral.

La filosofía kantiana enseña que la verdadera natura­leza del hombre ha de buscarse no en la tendencia a la felicidad individual, sino en el imperativo del deber; es menester que sus principios se inserten en la vida y for­men a los nuevos individuos para un resur­gimiento político. Mientras que la educa­ción del pasado, aun con sus preceptos de moralidad, fundamentaba sus exhortaciones en principios egoístas y utilitarios, la nue­va educación deberá promover en el joven la convicción de que toda la realidad es creación, de que el hombre no depende de les bienes materiales, sino que como a tales los determina, que el verdadero bien con­siste en la actividad que produce todos los valores de que está formada la existencia.

La cultura intelectual, en cuanto ejercicio y cultivo de la actividad, es cultura moral y conocimiento del orden sobrenatural que es pensamiento y amor divino. El méto­do de Pestalozzi, surgido de la preocupación de elevar a los humildes, se revela como el más apto para realizar la renovación in­terior del hombre y con ello la salvación de toda la nación. Los niños deben convertirse, gracias a la educación, en creadores de un mundo del porvenir, radicalmente distinto del mundo del pasado. Por el con­trario, los neolatinos primero aceptaron el Cristianismo intrínsecamente; después lo re­chazaron y, cayendo en la negación estéril, desviaron el interés por todo lo espiritual, encerrándose en un racionalismo vacío.

La historia demuestra que el pueblo alemán ha sido elegido por Dios para la misión de sal­var al mundo; la profunda diferencia que existe entre los alemanes y los demás pue­blos estriba en que sólo los primeros han conservado la pureza y la integridad de la energía humana. Los neolatinos no son más que germanos extraviados; abandonando su solar de origen se asentaron en los terri­torios de los romanos, donde se dejaron absorber por una cultura que no era la suya, y, peor aún, adoptaron la lengua de los romanos, rompiendo con ello la relación íntima entre la intuición de lo real y la significación expresiva. Las lenguas neola­tinas son, ciertamente, incapaces de desarro­llo, son instrumentos extrínsecos y no conti­nua creación de realidad material y espiri­tual; por eso los pueblos que las hablan carecen de toda capacidad de progreso.

Los alemanes, por el contrario, como hablan una lengua originaria, en ininterrumpido desarrollo a través de los siglos, son los únicos capaces de manifestar el pensamien­to divino que en ellos fluye de manera in­mediata. Ahora que ya se ha decidido la lucha con las armas, debe surgir entre los alemanes y los germanos latinizados «la nueva lucha de principios, de costumbres, de carácter»; cuando la nueva educación haya regenerado a los alemanes, devolviéndoles el conocimiento de su fuerza genuina y la conciencia de su misión, entonces la profundidad, la seriedad y la gravedad en el modo de pensar, irrumpirán en la vida alemana, dando a la nación la capacidad para dirigir el desarrollo de la perfección humana.

Si la nación alemana no sabe regenerarse, perecerá con ella toda la huma­nidad, sin esperanza de nuevo resurgimien­to. En el contenido de los Discursos no se puede ocultar una parte débil, un con­junto de juicios que, aunque en apariencia científicamente deducidos, son en realidad arbitrarios, inspirados por las contingen­cias del momento, dictados por el impulso de la pasión. Pero ha de recordarse que Fichte se proponía infundir valor a un pue­blo caído, que trataba de espolearlo para fortalecerlo física y moralmente, a fin de que llegase a tener conciencia de su misión histórica; misión que, en opinión del autor, ha de consistir en ejercer una primacía completamente espiritual.

E. Codignola