Discurso sobre el estilo, Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon

[Discours sur le styte]. Discurso de recepción en la Academia francesa, pronunciado el 25 de agosto de 1753. Más que ha­cer el elogio de su antiguo antecesor, Jean-Joseph Lauguet de Gergy, arzobispo de Sens, Buffon prefiere examinar sus ideas sobre el estilo. Su intención, en el Dis­curso, es doble: por una parte, expone una crítica alusiva en cuanto a los hombres, concisa y oportuna en cuanto a los defec­tos del estilo a la moda; por la otra, edifi­ca una teoría, formula unas reglas, propone una retórica.

Escasamente concede a sus compañeros la lisonja un poco exagerada de que ha bebido sus ideas en la fuen­te de sus obras. Atiende en primer lugar a diferenciar la falsa elocuencia de la verda­dera; en la primera «el cuerpo habla al cuerpo», la segunda supone «el ejercicio del genio y la cultura del espíritu». Y así puede afirmar que «aquellos que escriben como hablan, aun cuando hablen muy bien, escriben mal», y en esto se ha podido creer que aludía a Diderot. El estilo es para él «el orden y el movimiento que se imprime a los pensamientos, de aquí la necesidad de un plan nacido de la meditación». «Este plan no es todavía el estilo, pero es su base, él lo sostiene, lo dirige, regula su mo­vimiento y le somete a las leyes».

Para Buffon «todo sujeto es uno», siendo este el precio de la claridad, y halla la prueba de ello en el hecho de que si las obras de la Naturaleza son perfectas, ello se debe a que «ella trabaja sobre un plan eterno del que no se aparta jamás». Por consi­guiente, se trata de que el escritor «imite a la Naturaleza en su plan y en su trabajo». La verdadera elocuencia se opone al «em­pleo de esos pensamientos delicados y a la búsqueda de esas ideas ligeras, desligadas, sin consistencia y que, como la hoja de me­tal batido, no prueban su esplendor sino a costa de su solidez». (Aquí apunta a Fontenelle y Marivaux).

Buffon mantiene además que no es preciso expresar las cosas ordi­narias y comunes de manera singular y pomposa; que, poseyendo plenamente su tema, y habiendo reflexionado largamente, no es preciso apartarse de ello, y que, a la delicadeza, al gusto, al escrúpulo en la selección de las expresiones, a la atención en no nombrar las cosas más que por sus aspectos más generales, hay ocasión para añadir «la desconfianza por su primer movi­miento, el desprecio por todo aquello que no es más que brillante y una repugnancia constante por el equívoco y la broma». (Voltaire está aquí claramente aludido). Su conclusión es que «escribir bien es, a la vez, pensar bien, sentir bien y rendir bien».

A su juicio el «estilo es el hombre mismo», y siendo el pensamiento común a todos, un buen estilo no lo es sino por «el número infinito de las verdades que él ofrece», expresadas por un buen Talento. Se puede juzgar severa una teoría que busca princi­palmente la nobleza, la gravedad y la ma­jestad en el estilo, que apenas ve la sal­vación fuera de la elocuencia, y para la que lo amable se confunde con lo frívolo. Sin embargo el Discurso sobre el estilo si­gue siendo una obra clave, a la que deben acudir todos aquellos que ven en el estilo un alto valor de las civilizaciones y uno de sus elementos esenciales.