Dios, Johann Gottfried Herder

[Goít]. Obra publicada en Gotha en 1787. Esta obra gira en su totalidad en tomo a la polémica pro y contra Spinoza que agitaba el mundo filosófico alemán en la época en que se empezaba a dejar sentir la enorme influencia de Kant. Herder, como Hamann y Jacobi, Fichte y Schelling de jóvenes, se sentía turbado por la cuestión de la relación entre filosofía, religión y arte, y tendía a asociarlos y a considerarlos como un todo único. Por analogía veía ante todo el aspecto unitario del cosmos: no conseguía pensar en una posible tras­cendencia que llegase a romper esta unidad.

Por esto se explica que él, que filosófi­camente provenía de Leibniz, se sintiese dominado por un particularísimo, tal vez excesivo, entusiasmo por Spinoza, al que, no obstante, interpretaba a su manera. El libro se presenta como una serie de diá­logos interesados en defender a Spinoza de la acusación de ateísmo. Con este pro­pósito, Herder cita también por entero, una poesía de Vanini, para mostrar las manifes­taciones llenas de sentido de lo divino que se encuentran en las obras de personas a las cuales vulgarmente se acusa de ateísmo. Pero a pesar de admitir esto, parece aún que el Dios panteísta de Spinoza deba confundirse con la materia.

Y entonces Herder entra en la parte más interesante de la obra: la demostración de que la parte dis­cutible del pensamiento de Spinoza se de­riva de la terminología puesta en uso como consecuencia de la filosofía cartesia­na. Usando términos cartesianos que no podía evitar dado el lenguaje filosófico de la época, Spinoza da la impresión de iden­tificar a Dios, puesto que es extenso, con la materia, y de negar la individualidad, puesto que los individuos son para él tan sólo modificaciones de la substancia única. Herder por lo tanto combate la identifi­cación cartesiana de la materia con la extensión; de la misma manera que la eter­nidad no es el conjunto de todos los mo­mentos del tiempo, sino que, por el contrario, es algo radicalmente diverso, así también la extensión pura es completamente distinta de los cuerpos que la ocupan. En resumen: un Dios coextensivo con el mundo, e infinito en el espacio, no es por esto Dios corpóreo.

Y de la misma manera, las almas humanas particulares no son parte del pensamiento universal, sino que tienen una individuali­dad propia. Aquí evidentemente la doctrina de Spinoza está modificada bajo la in­fluencia de la teoría leibniziana de las mó­nadas. Esta influencia se hace aún más notable porque Herder, partiendo del prin­cipio de que Dios es el origen de la fuerza que engendra todos los fenómenos en el universo, sostiene que esta fuerza, para manifestarse, necesita producir órganos, de manera que los seres particulares son orgá­nicos. Esto acentúa aún más el carácter individual de las existencias en particular, que, para Spinoza, no eran más que espectos, «modos» de ser de la substancia única.

M. Manlio Rossi