Diálogo sobre los dos mayores sistemas del mundo, Galileo Galilei

[Dialogo sopra due massimi sistemi del mondo]. Obra publicada en Florencia en 1632. Se cuenta entre las obras más célebres que existen en el mundo en cualquier género de literatura, ya por su método de investigación científica, ya por las numerosas, y para Galileo tristes, peripecias que ocasionó, o por el valor intrínseco de su contenido. Ya en el Sidereus Nuncius (v. Nuncio sidéreo), Gali­leo anunció la publicación de su «Systema Mundi», pero mientras algunos le animaban a revelarlo y explicarlo, otros le desani­maban, seguros de las polémicas y hostili­dades que el libro suscitaría.

+En 1630, Ga­lileo fue con el manuscrito de su Diálogo a Roma, donde obtuvo de las autoridades eclesiásticas licencia preliminar para la im­presión. Superados otros obstáculos, la obra se publicó a principios de 1632 en Floren­cia, per G. B. Landini, con el «imprima- tur» romano y el florentino. En el proemio se da la razón de utilizar la forma de diálogo, escogida en parte por razones li­terarias, en parte porque de ese modo podía el autor presentar y discutir las ideas de Copérnico como si fuesen opiniones de los interlocutores. Estos son tres; Salviati, Sagredo y Simplicio; en los dos primeros están inmortalizados los dilectos amigos de Galileo. El tercero es un personaje ima­ginario.

Salviati, de noble familia florentina, representa al propio autor, al que sólo se recuerda en algunas ocasiones en el diálogo como el «Académico Linceo» o «nuestro amigo común». Sagredo, de familia patri­cia véneta, es designado alguna vez con el nombre de «sencillo auditor», pero es, por el contrario, un docto profano entre los competentes contendientes Salviati y Sim­plicio; se inclina a las nuevas doctrinas, que le entusiasman y que expone a menu­do en forma más fácil. Estos dos interlo­cutores integran en admirable síntesis, con sus profundas doctrinas y con su profundo humor satírico, la persona de Galileo. Sim­plicio, cuyo nombre recuerda al intérprete de los escritos aristotélicos, representa la ciencia conservadora y pedante, que no reconoce otros argumentos que los que ad­mitían las obras antiguas; no parece repre­sentar a ninguna persona determinada del tiempo de Galileo, ni tampoco, como sus adversarios quisieron hacer creer, al papa Urbano VIII.

El Diálogo dura cuatro días, y está justamente dividido en cuatro joma­das. Muchos de los razonamientos de los interlocutores en la primera parte habían sido ya publicados separadamente por Ga­lileo, como los que se refieren a las leyes del movimiento de los cuerpos pesados y de los cuerpos celestes, y sobre las carac­terísticas de la luz solar reflejada por la luna. En esta obra se combate el dogma aristotélico de la inmutabilidad de los cuer­pos celestes y se demuestra que es incompatible con las observaciones de la luna, del sol, de los cometas y de las estrellas nuevas. La existencia de los planetas Medíceos, de las fases de Venus y de Mercu­rio, las variaciones del diámetro aparente de Marte, demuestran cuánto más sencilla es la hipótesis de Copérnico del movimiento diurno de la esfera celeste y del movi­miento de los planetas, en tanto que en la hipótesis de Ptolomeo se acumulan las complicaciones.

La jornada segunda comien­za con este argumento, probando Salvia- ti, en contra de los doctrinas aristoté­licas, que el movimiento diurno es propio de la Tierra y como de él no se deriva nin­guna mutación en los cuerpos celestes, los que, por el contrario, deberían acele­rar y retardar su movimiento si la es­fera estrellada fuera móvil. La cuestión se hace sobre todo viva al tratar la cues­tión del movimiento o de la inmovilidad de la Tierra, en cuya cuestión se discuten los movimientos de los cuerpos pesados y de los proyectiles. Combinando el movi­miento de la caída libre con la rotación terrestre, Galileo quería llegar a un mo­vimiento circular uniforme, pensando que la naturaleza sólo utilizaba este movimien­to y el rectilíneo. En las experiencias con que se demuestra la nulidad de todas las pruebas aducidas contra el movimiento de la Tierra, está explicado claramente el prin­cipio de la relatividad.

La «nueva ciencia del Académico sobre el movimiento local» la discuten los tres interlocutores, que lue­go pasan a tratar del péndulo, de las pro­piedades de sus oscilaciones y de la grave­dad en general, cuyo origen y esencia no se conocen. La segunda jornada termina con la defensa de los conceptos de Kepler, para quien el tamaño de los cuerpos in­fluye en su movimiento, pero no en el re­poso, y el orden de la naturaleza es tal, que las órbitas menores son descritas en tiempos más breves, y las mayores en tiem­pos más largos. En la tercera jornada se discute de las estrellas nuevas y del mo­vimiento anual; especialmente de la posi­ción y distancia de la estrella aparecida en 1572 en la constelación de Casiopea, de lo que se concluye que debe ser bastante superior a la luna y que ha de colocarse entre las estrellas fijas más remotas. De este argumento, pasan los interlocutores a la consideración del movimiento anual co­múnmente atribuido al sol, pero que desde antes de Aristarco de Samos en la antigüe­dad, y luego por Copérnico, se atribuye no al sol, sino a la tierra.

Se explica el sis­tema de Copérnico, y cómo concuerdan las observaciones de los planetas inferiores y superiores para que sea aceptado en susti­tución del de Ptolomeo. Sólo el movimien­to anual de la tierra en torno al sol puede dar lugar a la irregularidad de movimien­tos de los cinco planetas. Se discuten tam­bién las manchas solares, por él descubier­tas, con todas las particularidades de su movimiento, que prueba la forma esférica del sol y al mismo tiempo confirma la hi­pótesis de Copérnico. La magnitud del uni­verso resulta incomprensible para nuestro intelecto, y es una prueba de la potencia divina; esta magnitud queda demostrada por la dificultad de medir la distancia de las estrellas que, si estuvieran muy pró­ximas, deberían presentar mutaciones (pa­ralajes) muy sensibles. Se habla por fin de la filosofía magnética de Guillermo Gil­berto, de la composición del globo terráqueo y de las propiedades del imán.

En la jor­nada última, se discute el flujo y reflujo del mar, y refutando erróneamente a Ke­pler, que fue el primero en descubrir que este fenómeno era debido a la atracción lunar, se explica aquí por las diversas ve­locidades aceleradas y retardadas de las diversas partes del globo terrestre. Se atri­buye al movimiento diurno de la Tierra, tratando de explicar su periodicidad y su variabilidad en los diferentes mares. Se habla después de los vientos en las diversas latitudes y se termina la discusión tratando de los problemas maravillosos de los mó­viles descendentes por un cuarto de círculo y por las cuerdas de todo el círculo y del fenómeno de la precesión de los equi­noccios. El Diálogo se propone un doble fin: demolición de las antiguas creencias y construcción de otras nuevas.

No faltan en el errores muy justificables. El más grave es el de la interpretación del flujo y reflujo del mar, que pudo haber sido evitado, acep­tando la verdad de Kepler; tiene su razón de ser en la relatividad del movimiento, clara y exactamente explicada por Galileo, pero en este caso aplicada erróneamente. En agosto de 1632 se prohibió la venta del Diálogo, y en octubre fue Galileo citado a Soma por la Inquisición. Siguió el proceso; en junio de 1633 se prohibió el libro y Ga­lileo debía firmar la abjuración. El Diálo­go no sólo marca el afianzamiento de la investigación científica tal como la enten­demos hoy, sino que inaugura una nueva concepción del hombre y del mundo.

Hasta entonces, el conocimiento de la creación se fundaba, por un lado, en la revelación con­tenida en los textos sagrados, por otro en una tradición profana que se remontaba a Aristóteles, conciliada por los escolásticos con la tradición religiosa y que llevaba también la impronta del dogmatismo. Estas dos direcciones estaban de acuerdo en con­cebir al universo en función de dos tér­minos extremos: Dios, que todo lo com­prende, y el hombre, comprendido en el todo de que él es el centro. El Diálogo, con el que la investigación se desarrolla sin esquemas preestablecidos, apoyada sólo en la observación directa, metódica y com­probada de la naturaleza, y que expresa los hallazgos hechos en ella con una limpidez que lo hace modelo fundamental de la pro­sa científica, abrió al hombre toda una serie de posibilidades que le descubrían una nueva faz del mundo, obligándole, pre­cisamente en el momento en que los espí­ritus salían de la profunda crisis del Rena­cimiento y de la Reforma, a buscar el sig­nificado y el sentido de los nuevos cono­cimientos.

G. Abetti

Galileo es un elegante para quien no conozca nuestra lengua, y no tenga sen­tido de la elegancia.(Leopardi)

Un estilo reducido a cosas y pensamien­to, desnudo de toda pretensión y amaneramiento, en la forma directa y propia en que radica la última perfección de la prosa. (De Sanctis)

La misma ciencia, que él siente la pa­sión de divulgar, obliga a la claridad. Cla­ridad y precisión movidas por la pasión, tales son los términos de toda poesía, to­mando a la poesía en su sentido más exac­to: suscitar sólo con la palabra, conmocio­nes superiores. Estamos muy por encima de la elocuencia. Muchas expresiones de Galileo nos deslumbran y nos encienden, nos hacen sentir estremecimientos líricos; no hay ni una sola línea que no se pueda llamar elocuente.(Bontempelli)