Diálogo de las cortes, Pietro Aretino

Obra titulada también Razonamiento so­bre las Cortes [Ragionamento delle Corti]. La edición original, hoy rarísima, es del 1538 y es una obra totalmente independien­te del Diálogo de las cartas parlantes (v.) y de las famosas Conversaciones capricho­sas y agradables.

El Aretino en todas sus obras jamás abandonaba la sátira, la invectiva más candente contra la vida cor­tesana, revelando sus engaños, su servi­dumbre, las miserias, las humillaciones, las desilusiones; cuanto más vivió en estos am­bientes cortesanos, tanto más áspera se hizo su venganza, desde el momento en que pudo alcanzar una vida independiente. En este diálogo intervienen como interlocutores Pietro Piccardo y Giovanni Giustiniano.

Piccardo era un viejo prelado conocedor de la Corte romana; Giustiniano un gran cultivador de estudios humanísticos. Estos se proponen disuadir al joven Francesco Coccio, conocidísimo por sus traducciones del griego y como poeta lírico, de su resolu­ción de abandonar los estudios para dedicarse a cortesano. (Y lo consiguen). Otro interlocutor es Ludovico Dolce, íntimo ami­go del Aretino, que interviene en el diá­logo para reforzar las razones de Piccardo y Giustiniano. El diálogo tiene lugar en el jardín del célebre tipógrafo-editor Marcolini, en Venecia, a la sombra de los árboles, entre el canto de los pajarillos y el perfu­me de las flores.

Es un verdadero himno a la vida libre, en contraste con la servi­dumbre y opresión de la vida de la corte. Las descripciones, las particularidades de la vida que se lleva en los palacios de los po­tentados son vivísimas, típicas del Aretino; papas y príncipes son vistos en su coti­diana miseria e ineptitud; muchos chismorreos cobran nueva vida gracias al satírico y humorístico espíritu del escritor que transmite a sus interlocutores su desenfre­nada, anti retórica y brusca conversación.

En algún punto encontramos un moralismo excesivo que puede sorprender en el Are- tino, pero hay que tener presente su fina­lidad polémica y personal; al final hay una lista de príncipes que el autor considera excluidos de sus críticas a los que les sigue un elogio del Omnipotente que quita a los humanos las vanidades y las inten­ciones soberbias. A lo que Dolce añade como punto final: «No chocarían semejantes palabras, cálidas y vehementes, en la conclusión de un sermón».

E. Allodoli