Dialogo con el judío Trifon, Justino

Obra del autor griego, mártir, nacido a comienzos del siglo II, muerto entre el año 163 y el 167, y es, con las Apologías (v.), la única de las muchas obras de Justino que se ha conservado, además de otros muchos escri­tos apócrifos que llevan su nombre. El Diá­logo fue compuesto después de la Apología a Antonino Pío, quizá alrededor del año 160; según Eusebio, la escena tiene lugar en Éfeso y, a imitación de Platón, que toma por modelo, Justino se alarga considerable­mente en la descripción del ambiente y de las circunstancias externas.

Con su interlo­cutor, el hebreo Trifón, que algunos han identificado con Tarfón, rabino ilustre, Jus­tino repite y en cierto modo completa con­ceptos ya expuestos en la Apología; sobre todo demuestra que la antigua Alianza ha sido substituida por otra nueva, que Jesús es la encarnación del Verbo preexistente e instrumento de la revelación ya en el An­tiguo Testamento, que los gentiles, después de la exclusión de los hebreos, son el pue­blo elegido por Dios. En su discusión con Trifón, Justino hace abierta profesión de milenarismo.

En confrontación con la Apo­logía, Justino profundiza aquí y precisa su concepción de la Trinidad, especialmente en lo concerniente a las relaciones del Hijo con el Padre; al igual que en la Apología, insiste sobre el concepto del Verbo, encar­nado en Jesús para la salvación de los hom­bres. Digna de notarse es la importancia que, aun considerando la verdadera religión esencialmente fruto de la revelación, da a la especulación filosófica, la cual, según él, puede conducir al conocimiento parcial de la verdad.

Aun cuando la preocupación li­teraria, debida a la dificultad misma de la forma dialogada, aparezca aquí mayor que en la Apología, también en esta obra échase de menos la unidad; el razonamiento es a menudo interrumpido por largas digre­siones. Siempre ardiente muéstrese también en el Diálogo la fe del autor, siempre sin­cero su amor a la verdad. Al escribir su obra, no dejó de recordar las discusiones reales que tenía con sus discípulos y que se mencionan también en las «Actas» de su martirio; aunque no siempre ha sabido dar a los distintos problemas soluciones defini­tivas, tiene el mérito de haberlos afrontado con entusiasmo y sinceridad y de haber preparado el camino a sus numerosos suce­sores.

C. Schick