De los Principios, Orígenes de Alejandría

La más sistemática e importante obra filosoficoteológica de Orígenes de Alejandría, llamado el «Adamantino» (185-254), com­puesta hacia el 231, y que sólo ha llegado hasta nosotros en su traducción latina por Rufino de Aquilea, con el título De principiis seu de potestatibus.

Los Principios son una tentativa ecléctica dé conciliación de sistemas filosóficos y corrientes de pensa­miento y de vida religiosa que formaban el clima espiritual de la cosmopolita Ale­jandría del siglo III, como el neopitagorismo, la filosofía judaico-alejandrina, el neoplatonismo y el gnosticismo. No causa, por tanto, asombro que en este intérprete del Cristianismo según los términos de la filosofía griega, no se halle aquella unidad y rigidez sistemática que ‘formará la carac­terística de los Doctores y Padres de la Iglesia de los siglos sucesivos, y que com­batido en algunas de sus doctrinas haya sido después privado de la cátedra cate­quística de Alejandría y excomulgado. Orígenes propugna la doctrina de la crea­ción «ex nihilo», y sostiene, para salvar además de la actividad eterna inmanente de Dios también la transcendente, la eter­nidad de la creación, concebida como una serie sucesivamente infinita de mundos.

También los espíritus, creados por Dios «ab aetemo», perduran incorruptibles y eternos: han salido todos iguales de las manos del Creador; solamente la diversi­dad de los méritos adquiridos por el libre albedrío los ha dividido en sus distintas categorías. En efecto, las diversas condicio­nes y dotes de las almas humanas en su nacimiento terrestre dependen de los «mé­ritos que se han conquistado en su exis­tencia anterior, antes de tomar un cuerpo mortal». «Luego de saciarse en la contem­plación divina, se inclinaron al mal en­friándose en su amor divino…, y, finalmen­te, para pagar su culpa, fueron relegados a los cuerpos» en los cuales deben cumplir su purificación. Coherentemente, Orígenes interpreta de modo alegórico todo el relato del Génesis (v.), y en el «pecado de Adán» ve un símbolo de la caída general de los espíritus humanos. También el alma de Cristo fue creada «ab aeterno», como todos los espíritus, y fue destinada a la unión con el Verbo divino, porque por potencia de amor se había unido a Dios de modo más ardiente y tenaz.

Contra la doctrina de los castigos y de las recompensas eter­nas sostiene la de las pruebas sucesivas, ya como subida del mal al bien supremo, ya como bajada de la virtud al vicio. En la «Apokatástasis» o reintegración univer­sal y retorno al mismo punto¿ se efectuará el fin del universo. Destruido el único ene­migo, la muerte, todos los seres serán re- conducidos a Dios y entonces «Dios estará todo en todos» (San Pablo). Mas para lle­gar a esto, todos, hasta los justos, necesi­tarán de una purificación, pues se habrá de lavar en todos la mancha del contacto del alma con la carne. La conciliación de esta doctrina de la «Apokatástasis» con la de las pruebas sucesivas, que implica la posibilidad de un doble proceso del alma al bien y viceversa, forma la más ardua cuestión de la metafísica de Orígenes, y por él no resuelta. Si el principio y el fin son los mismos, ¿cómo puede la posi­bilidad, esencial al libre albedrío, de que las almas decaigan y realicen el mal, conciliarse con la consecución de la unidad y armonía definitiva de todos los espíritus en Dios? La originalidad y atrevimiento de los Principios, y sus divergencias de la doc­trina católica, hacen de ellos una obra fundamental en la historia del pensamiento cristiano de los primeros siglos.

G. Pioli