De los efectos del terror, Henri-Benjamin Constant de Rebecque

[Des effets de la Terreur]. Obra política publicada en el año V (1797) y ree­ditada en 1829 con varias modificaciones inspiradas por sus actividades de liberal militante en la Carta constitucional y ya no adherido a los principios republicanos. El escritor reafirma su fe en los valores his­tóricos de la Revolución francesa, afirmando que ella, salió, incólume de las furias del Terror. Este sólo sirvió para amargar los ánimos, entre víctimas y vencidos de todas clases; pero los verdaderos republicanos son los que sienten el respeto por la ley y el odio por la violencia. El Terror, con sus imposiciones, no consiguió ni siquiera la disciplina del ejército, afirma él, puesto que acostumbró al pueblo a soportar cualquier yugo y, en consecuencia, le hizo indiferente a la libertad e indigno de la misma.

El Te­rror sirvió a los amigos de la anarquía; su recuerdo sirve hoy a los amigos del despo­tismo. Es preciso poner un dique a la con­trarrevolución y salvar los buenos princi­pios haciéndolos históricamente factibles se­gún el progreso de los pueblos y la digni­dad de los ciudadanos. Son famosos en esta obra el elogio de los verdaderos revolucio­narios (los girondinos, de ideales sólidos y constitucionales), la cita de «un autor elo­cuente y célebre» (Mme. Staél por su De la influencia de las pasiones [De l’influence des passions]), y el modo con que Cons­tant, oriundo de Francia, pero suizo de na­cimiento, se defiende de la acusación de extranjería. Hay que referir al espíritu de esta obra el Discurso pronunciado en el Círculo constitucional [Discours prononcé au Cercle constitutionnel], en defensa del árbol de la libertad plantado el 30 Fructidor del mismo año V; en él se renueva la fe en los principios de la revolución y en la fuerza de la cultura para la formación po­lítica de un país: «si Bonaparte ha hecho temblar a Roma es porque Voltaire prece­dió a Bonaparte». Son decisivas para el conocimiento del publicista político las pe­roraciones finales sobre la libertad de im­prenta y de pensamiento.

C. Cordié