De lo Bello, Vincenzo Gioberti

[Sul Bello]. Obra filosó­fica de Vincenzo Gioberti (1801-1852) publi­cada en Venecia en 1841, extraída del vo­lumen IV de la Enciclopedia e Dizionario della conversazione. A diferencia de lo útil y lo agradable, relativos a nuestras necesi­dades y nuestrá sensibilidad, lo Bello es algo objetivo y absoluto, inmaterial aun­que se presente por medio de cuerpos; como la «verdad» y el «bien», es una «idea» que el espíritu humano no extrae de los senti­dos y de la experiencia, porque no se com­prendería cómo entonces podría constituir el criterio de todo juicio nuestro sobre las cosas bellas, si precisamente debiese ema­nar de la observación acerca de ello. Lo Bello, en efecto, presupone las nociones de los tipos inteligibles, esto es, de las ideas específicas, o ejemplares eternos, de las cosas que «el hombre pone en cuanto las ve en Dios mismo, por virtud de esa comuni­cación natural o inminente que todo espíritu creado tiene con la Mente creadora». Pero no constituyen por sí la belleza, si no inter­viene la «fantasía» para hacer de ellas una individualidad concreta. Facultad interme­dia entre sensibilidad y razón, y partícipe de entrambos, la fantasía es reproductora de las impresiones del sentido, pero sobre todo combinadora, transformadora y crea­dora; opera sutilizando y espiritualizando los sensibles a los que añade un no sé qué, vago y misterioso; y, por otra parte, ha­ciendo concretos los inteligibles a los que anima como seres reales.

Así forma el «tipo fantástico» cuya propiedad específica consis­te en la viva unidad de los dos elementos de que está constituido, pero con predomi­nio de lo inteligible sobre lo sensible; por esta razón, la contemplación de lo Bello educa al hombre para la señoría del espíritu sobre el cuerpo, preparándolo para la ver­dad y el bien. El objeto bello no es, pues, la cosa ofrecida a los ojos, sino el propio y vivo fantasma interior de que el mármol o la tela son sólo la expresión exterior; hasta para los espectadores la belleza está, no en la obra maestra que contemplan, sino en el «fantasma» producido por su imagi­nación y ocasionado por su aprehensión sensitiva. Por eso el placer producido por las artes está siempre en proporción con la fuerza imaginativa de quien lo experimen­ta. Afín a lo Bello es lo Sublime, del cual ha dado Kant la mejor teoría; en él, el ele­mento inteligible consiste en los conceptos de tiempo y espacio infinitos (sublime ma­temático), o de fuerza también infinita (su­blime dinámico), de donde la emoción aus­tera o placentera capaz de «levantar al hom­bre por encima de sí mismo» y el sentido de sagrado terror que lo acompañan. Efi­cacísimo coeficiente de lo Bello es, ade­más, lo Maravilloso (misterioso o sobrena­tural) con que la imaginación, mezclando a lo conocido lo desconocido, vago e inde­finido, y lo sobrehumano a lo humano, co­rresponde a la verdad de la filosofía cris­tiana que descubre en el Cosmos una unión perfecta de natural y sobrenatural. Gracias a la creatividad de la fantasía, el hombre forma casi una segunda naturaleza, produ­ciendo lo «Bello artificial», el cual actual­mente, dada la corrupción de la naturale­za, consecuencia del pecado original, supe­ra la «Belleza natural». La fantasía tiene este poder porque la revelación, socorre al espíritu enfermo humano, proporcionándole lo verdadero, que con lo Bello tiene tan íntimo vínculo; de aquí proceden las dife­rencias entre el arte de los pueblos orto­doxos, y el de los pueblos heterodoxos (v: Del Bien).

El arte de estos últimos al­canzó entre los orientales no tanto lo Bello como lo Sublime, puesto que en sus erró­neas doctrinas había quedado, sin embargo, el concepto de fuerza, tiempo, espacio in­finito, y entre los ítalos-griegos estuvo la mera belleza de la forma privada completa­mente del sentido de lo divino. El arte or­todoxo, por el contrario, florecido especial­mente por obra de las gentes cristianas, que perpetuaron la antigua cultura eliminando de ella los errores y perfeccionándola, sabe representar, en el tipo humano, también un rayo de belleza espiritual; sus tipos excel­sos son la efigie del Hombre-Dios, de la Virgen Madre, del ángel y del santo. Lo Bello cristiano culmina para las artes ico­nográficas en la catedral y para la poesía en la epopeya dantesca. Observando que Dante supo hacer «de la verdadera religión el alma de su poema», a pesar de valerse de las imágenes mitológicas, a manera de símbo­los, Gioberti reconoce la legitimidad del uso poético de la mitología, y así en la disputa entre clásicos y románticos, viene a ponerse, en este punto contra los segundos, a quienes reprueba también sus inconsidera­das innovaciones y, sobre todo, la imita­ción de los extranjeros. Pero sus conclusio­nes entran perfectamente en el marco de la estética romántica, en cuanto reivindican la espontaneidad de la creación artística contra toda imposición de norma y de mo­delos que siempre originan lo «amanerado» y lo «ficticio». Y aquí está precisamente el mayor interés de esta obra, en que se des­cubren muchos rasgos vivos de la poética del Romanticismo, a pesar de que, el in­tento sistemático dirigido a insertar esta estética suya en la filosofía fundada en el principio de creación, induce algunas veces a Giaberti a construcciones algo artificiosas.

E. Codignola