De la Verdad, en Cuanto se Distingue de la Revelación, de lo Verosímil, de lo Posible y de lo Falso, Edward Herbert of Cherbury

[De veritate pro-ut distinguitur a revelatione, a verosimili, a possibili et a falso]. Tratado filosófico de lord Edward Herbert of Cherbury (1583- 1648), la primera metafísica verdadera de la Inglaterra moderna, publicada en París en 1624, y en Londres en 1625; en la tercera edición, con la añadidura del tratado De causis errorum, ibídem, 1645.

En la adver­tencia inicial el autor afirma quererse ocu­par sólo de las verdades de Razón («pues las de Fe deben ser consideradas’ desde un pun­to de vista propio»), y da un glosario de los principales términos empleados en el libro «con significado distinto al corriente» (por ejemplo «Naturaleza» es «Providencia di­vina universal»; «Gracia» es «Providencia divina particular»). Tras el análisis del concepto de verdad discute las condiciones para su existencia: que el objeto tenga «analogía» con nuestro ser; que no sea tras­cendental; que sea «análogo a alguna facul­tad nuestra»; que esté «a la debida distan­cia de nosotros», etc. Para que el concepto que nos formamos sea exacto se señalan varias condiciones, y tantas facultades cuan­tas son las diferencias de los objetos. «Lo que no se puede conocer por instinto natu­ral, ni por su sentido exterior o interior, ni por razonamiento (en jerarquía descenden­te), no se puede demostrar como cierto».

Admite el «Consenso Universal como su­prema y única norma de la verdad, pri­mera y suma Teología y Filosofía»; pero no hay que mirar las palabras («nomina») sino el contenido de las ideas («res ipsas») : y «cuanto menos atendamos a las palabras, tanto más progresaremos en la sabiduría». Anticipando en diez años su De la Religión de los Gentiles (v.), Edward of Cherbury afirma que «ninguna Religión o Filosofía estuvo nunca desprovista de verdad». A tra­vés del estudio de los «instintos naturales», es decir «de los actos de las facultades existentes en el hombre sano e íntegro, del que se derivan directamente, aun sin ra­zonamiento, las noticias comunes acerca de la analogía interior de las cosas», llega a un efectivo concepto de «innatismo». Las «veritates aeternae» se imponen en nuestro «fuero interno» y nos hacen apreciar que «nunca pudo ser de otra manera», y por tanto se distinguen de las verdades experimentales.

Así, el «Libre Albedrío» o «facultad por la que el alma se puede volver en cualquier dirección» es definido como «milagro único de la naturaleza». Admite una conciencia moral, ante la cual son estimados no sola­mente el «bien» y el «mal», sino también sus grados, para que se pueda llegar a la decisión: «Qué hay que hacer»; especie de innatismo moral del que resulta el mal como «lo que es primer obstáculo al bien». Tras atribuir una gran importancia a la memoria y a las «facultades» del instinto, del sentido interior, etc., el autor pasa a tratar de las Nociones Comunes sobre la Religión, que contiene en embrión la obra De la Religión de los Gentiles; y a los capítulos sobre lo Verosímil, lo Posible (punto difícil, por ser tema de conjetura, a no ser que las causas estén presentes, o por don de profecía), y sobre lo Falso: enuncia un desarrollo más amplio De las causas del error, añadido en la edición de 1645, con un largo apéndice sobre La reli­gión de un laico, especie de recopilación de la Religión de los Gentiles.

Termina con el deseo de que sus escritos contribuyan a la gloria de Dios y a la paz universal. Las teo­rías de esta obra sobre el conocimiento, la percepción, la religión, las ideas innatas, fue­ron combatidas o aprobadas por Culverwel, Gassendi y especialmente Locke. Descartes, aunque quejándose de la sutileza metafí­sica del autor, lo reconoce como pensador.

G. Pioli