De la Propia y Ajena Ignorancia, Francesco Petrarca

[De sui ipsius et multorum ignorantia]. Fa­moso opúsculo polémico en lengua latina Compuesto en 1367 por Francesco Petrarca (1304-1374) contra algunos jóvenes averroís- tas venecianos que lo habían atacado como «buen hombre, pero privado de cultura».

En el contraste entre su mundo espiritual y el de las diatribas contemporáneas, el gran poeta se extiende en un elocuente discurso contra los que consideran la dialéctica como fin por sí misma, sin tender con todas sus fuerzas a la investigación de una verdad más profunda. Se observa en las afirmacio­nes francas y meditadas del autor que él no advirtió el valor de la cultura entendida en una esfera suya propia combativa y cons­tructiva, sino que la consideraba como ele­mento apto para preparar el terreno a una investigación más sustancial del bien. Vano es el saber de los dialécticos ante una medi­tación iluminada por la ciencia antigua y la buena nueva de Cristo; en la busca de fórmulas inútiles yerran cuantos se confían al juego de la dialéctica.

Entre invectivas, digresiones y alusiones autobiográficas, Pe­trarca desarrolla su concepto de la cien­cia, entendida como introducción a la felicidad; no entre las sutilezas de la lógica, sino en las profundidades de la moral, es necesario buscar los dictados que ‘guian nuestra vida. Los filósofos morales son así los verdaderos maestros de virtud; dan una línea de conducta e incitan a la meditación. Nada abstracto y vano debe haber en la cultura de un hombre; mucho menos debe tomarse en cuenta esta o aquella secta, por­que acaba por desconocerse la verdad y su valor en la existencia terrena. Y mucho menos aún debe impedimos la autoridad de los hombres famosos que nos acerquemos a la verdad con fe y ansia de conocimiento para mejorarnos y seguir la verdadera fina­lidad de nuestra alma.

Famosa es la refe­rencia a Aristóteles, que fue ciertamente un doctísimo filósofo, pero que ignoró tam­bién no pocas cosas de importante valor, sobre todo en lo perteneciente a la salva­ción suprema. Al autor griego es menes­ter contraponer la sabiduría de Cicerón, más íntima y persuasiva; también Platón con su profundo conocimiento de la natu­raleza, de la sociedad y, sobre todo, del íntimo corazón humano, dijo palabras esen­ciales para una buena guía de la vida: se advierte en él un espíritu del cual el cris­tianismo, que no pudo conocer, hubiera sido el fundamento natural. Con mayor motivo Petrarca hace sentir la esencia de su cris­tianismo hecho de meditación y de contemplación de una doctrina eterna. Esta acti­tud’ antiaristotélica (además de antiave- rroísta) es muy sintomática en el gran poeta, en cuanto, aun indicando, en forma polémica, una tendencia que será caracte­rística en la cultura del primer Renaci­miento, muestra una actitud sentimental más que otra cosa, casi autobiográfica.

C. Cordié