De la Predestinación, Escoto Eriúgena

[De Praedestinatione]. Tratado de teología del filósofo y teólogo místico Escoto Eriúgena (John Scot, 810?-877?), probablemente eclesiástico, de origen irlandés o escocés, director de la escuela palatina de Carlos el Calvo. Antes todavía de su famosa traducción de las obras místicas del pseudo-Dionisio Areopagita, Eriúgena compuso,« en 851, este trata­do, a petición del obispo Hincmar de Reims, que completa su obra capital y fundamen­tal, De la división de la naturaleza (v.), en la cual la ausencia de este tema cons­tituye una laguna.

Gotescalco había soste­nido que había una doble predestinación: la de los elegidos para la felicidad eterna, y la de los réprobos a la condenación. Esta fue la señal de una batalla general entre todos los teólogos de la época. A los espí­ritus romanos, apegados a las pequeñas fórmulas teológicas de presciencia y de pre­destinación (la primera que abrazaba tanto el bien como el mal, y la segunda sólo el bien), Escoto advierte con los neoplatónicos que la verdadera revelación no es sino la verdadera filosofía, y, viceversa, que todos los vocablos referidos por nosotros a Dios no tienen más que un valor metafórico, y que la «predestinación» no es sino Dios mismo, y se identifica, en la única, sustancia divina, con su «presciencia».

En Dios no hay más que la predestinación de los justos, y no hay en Él predestinación a la «pena», como tampoco al pecado, que es una pura negación; lo mismo que es pura negación la pena del pecado, esto es, el disgusto del pecador por no haber alcanzado su objeto, la bienaventuranza deseada. El pecado se castiga por sí mismo, y el pecador es el autor de su propia infelicidad. Escoto hace consistir la pena del infierno en la ausencia eterna de la bienaventuranza y en el fuego mismo que forma el cuarto elemento del mundo y que es gloria para los bienaventurados. El tratado se inserta, con el libro «Del retorno a Dios», en el De Divisione Naturae: disolución de los cuerpos, resu­rrección, ión del cuerpo en es­píritu, de éste en las causas primeras y de éstas en Dios; grados de la ascensión del hombre, y en él de todo lo creado.

Cristo asumió la naturaleza humana, porque ésta resume y contiene la Creación que es me­nester volver a elevar al Padre salvada y purificada: muy diversa de lo que es hoy, destinada a perecer con cuanto existe en el tiempo y en el espacio, comprendiendo en ello hasta la diferencia de los sexos. El platonismo agustiniano de Escoto asoma de nuevo aquí en el concepto de que no pe­recerá la sustancia de las cosas, de la cual los cuerpos que vemos no son más que una sombra, y que subsiste eterna en sus causas y éstas en el Verbo. Pues bien, es en esta sustancia y en estas causas como el mundo transfigurado volverá a Dios.

Toda la orientación de su pensamiento se dirige hacia una filosofía panteísta, con elementos pelagianos y neoplatonicoagustinianos. Las teorías del De Praedestinatione fueron combatidas por obispos y escritores, y este tratado fue condenado por los con­cilios de Valence (855) y de Langres (859). Este último, sin embargo, reconoció «los elogios arrogantes» que le habían dedicado sus admiradores.

G. Pioli