De la Pintura Antigua, Francisco de Hollanda

[Da pintura antiga]. Obra del pintor portugués Francisco de Hollanda (1517-1584), escrita en por­tugués y compuesta, tras haber vivido un tiempo en Roma, entre 1547 y 1549. El au­tor, aunque de origen nórdico y educación artística flamenca, es un convencido defen­sor de las teorías clasicistas del Renaci­miento.

Las dos primeras partes del libro se reducen a una refundición escasamente ori­ginal de ideas y doctrinas sobre el arte, difundidas en los ambientes florentinos y romanos de la época. También las fuentes antiguas — Plinio y Vitrubio — son seguidas con reverente obediencia y sin la menor libertad de juicio. Bastante más interesan­tes son los diálogos, añadidos al tratado y conocidos bajo el nombre de Diálogos miguelangelescos (propiamente, Diálogos en Roma), en los que descansa sobre todo la notoriedad del escritor. El principal inter­locutor es Buonarroti; a su lado figuran Vittoria Colonna, Lattanzio Tolomei y otros personajes, entre ellos el mismo autor. La escena está situada en Roma, en 1538.

Por boca de Miguel Ángel se expresan ideas sobre las artes y los artistas,’ en conjunto algo fragmentarias y contradictorias, pero con especial referencia a determinados te­mas: el arte es «imaginación de la mente», música, armonía de origen divino; la fan­tasía tiene derechos superiores a los de la observación de la naturaleza; al artista le convienen la soledad y el recogimiento; de la pintura y el dibujo provienen las demás artes del escultor y del arquitecto. La pin­tura flamenca es severamente juzgada por su detallismo ilusorio y por la carencia de dotes de simetría, selección y proporción, a los que se debe, por el contrario, la exce­lencia del arte italiano.

Pero, en realidad, las opiniones atribuidas a Miguel Ángel por el escritor son, en general, demasiado poco personales para poder ser consideradas como un auténtico reflejo del pensamiento del gran escultor, tal como nos lo trasmitieron sus biógrafos, Vasari y Condivi, y como se deduce de sus propios escritos; por ejem­plo, la famosa carta a Benedetto Varchi («Digo que la pintura me parece tanto me­jor cuanto más se aproxima al relieve, y el relieve tanto peor cuando más se aproxima a la pintura; y me solía parecer que la escultura era la linterna de la pintura…»). Como en muchas composiciones análogas del Renacimiento, Francisco de Hollanda introduce un personaje célebre como expo­sitor de sus propias ideas y preferencias, principalmente con el fin de darles mayor crédito y convertir así su país, todavía dominado en pintura por el gusto flamenco, al clasicismo renacentista.

Aunque exista en los Diálogos un fondo de verdad histórica, sólo tienen un limitado valor de documento respecto a la vida íntima de Buonarroti. La obra es de todos modos un notabilísimo testimonio del poderoso influjo ejercido por la nueva teoría del arte elaborada en Ita­lia, hasta los confines del Occidente euro­peo. Edición de A. M. Bessone Aurelj (Roma, 1926).

G. A. Dell’Acqua