De la Educación: Diálogos, Raffaello Lambruschini

[Della instruzione]. Obra publicada en Florencia en 1871 en su texto íntegro, que comprende cuatro diálogos distribuidos en cuatro jor­nadas; pero precedentemente Lambruschini había publicado la primera jornada en 1852 y la segunda jornada y parte de la tercera entre 1860 y 1861 en la revista «La famiglia e la Scuola». Su forma dialogada se presta a dar colorido y vivacidad de discusión a las ideas pedagógicas fundamentales soste­nidas por el autor, pero a veces se desvía y cansa, además, por las frecuentes repe­ticiones debidas a la variable distancia de tiempo en que fueron publicados los diver­sos diálogos.

El autor comienza lamentando la falta de una idea directora en la ense­ñanza, que disipa, fatiga y confunde las mentes juveniles. Lo cual no depende de la falta de método, ya que, por el contrario, la ciencia pedagógica se alaba de haber hallado métodos nuevos y justos (Pestalozzi, Girard, Necker, etc.), sino que depende únicamente de la circunstancia de que los nuevos métodos no han sido bien aplicados, y el defecto en su aplicación consiste en la presencia de un veneno en la enseñanza, que es consecuencia pedagógica del raciona­lismo cartesiano. De la filosofía cartesiana resulta en efecto el único y supremo crite­rio de la verdad, el principio de toda cosa es el propio pensamiento, esto es, que el pensamien o se basta en todos los casos a sí mismo. Este principio ha trastornado los órdenes del conocimiento, las normas del obrar y, por consiguiente, los cánones de la didáctica. La primera funesta consecuen­cia de ello, es la siguiente: «un sentimiento interior de separación de todo lo que no es nosotros, y por tanto, de Dios y del gé­nero humano».

La segunda consiste en la «presunción de entenderlo todo con la razón humana y rechazar todo lo que no sugiera o explique la razón». Así, la peda­gogía desviada por la filosofía racionalista, ha exaltado el racionalismo por todas par­tes, cuidando en el niño más que todas las potencias interiores, la «razón». Y la razón, para la pedagogía surgida del racio­nalismo, no es la potencia que «percibe los inteligibles», aquella «luz intelectual deri­vada de la inteligencia primera», sino «es el pensamiento reflejo, que considera deber y poder descubrir por sí misma en el exa­men de sus propias percepciones venidas de los sentidos». De aquí una extraña contra­dicción pedagógica; la de que, mientras por una parte se proclaman la «emancipa­ción» del niño, la liberación de las mentes infantiles, las cuales deben observar, escru­tar, juzgar por sí mismas, y por otra parte «el agudo aguijón del maestro excitador de las potencias intelectuales y la opre­sión de los métodos impulsan y cierran el pensamiento del discípulo por callejones derechos, pero angostos, y le impiden expla­yarse en campos abiertos y desplegar las alas en el cielo libre», atormentándolo con una nueva tiranía, la cual, bajo apariencias de «libertad», es más maléfica que aquella a la cual ha sucedido, esto es la tiranía de la «autoridad» del maestro, porque traba continuamente la inteligencia infantil obli­gándola con minuciosa pedantería a obrar por sí misma, torturándola y fatigándola con la que Capponi llama «Continua, intensa, minuciosa acción del hombre sobre el hom­bre, de la educación sobre el educado».

Lambruschini se propone sustituir la excesiva osadía del pensamiento infantil que todo lo escruta, como nuevo buitre que destroza las entrañas de Prometeo, con la sencillez del nuevo método, de la pedagogía «según na­turaleza», a la que Girard llamaba la «Peda­gogía del buen sentido» y he aquí el oficio de la nueva pedagogía: «a ella corresponde escoger, distribuir, suministrar la enseñanza a toda edad con tal juicio, con modos tan acomodados a la naturaleza humana y a los grandes fines prefijados al género humano que todas las potencias intelectuales crez­can y obren con regular correspondencia unas con otras y todas concurran a formar al hombre de fe y al hombre de ciencias; al hombre especulativo y al hombre de acción; al padre de familia y al ciudadano; al obediente y al libre; al humilde y al fuer­te; al vidente y piadoso peregrino sobre la íierra que se encamina a la patria del cie­lo».

En la renovación de su método, la pe­dagogía se debe remitir a la naturaleza, la cual enseña con estímulo lento y tácito, con la experiencia directa de la vida. La primera maestra es la madre de la cual viene al niño el primer albor de conoci­miento, el primer destello del afecto. Y la pedagogía encuentra su método natural des­cubriendo los caminos seguidos por la ma­dre. En el magisterio educativo de ésta, antes ya explorado por las investigaciones de Girard y de la señora Necker, Lambruschini descubre la génesis del proceso cog­noscitivo en el niño, los grados a través de los cuales se va perfeccionando y las vías que debe seguir la didascalia al proporcio­nar la materia del conocimiento a los niños del modo más conveniente a la natura­leza. En substancia, el pensamiento de Lambruschini es éste: la mente del niño procede de la percepción de una unidad in­distinta, de un todo confuso, a la percep­ción cada vez más clara de las partes en que se desenvuelve aquel todo.

Sobre la marcha natural del conocimiento se funda la nueva didáctica, que consiste en proceder de lo conocido a lo desconocido. La pedagogía según naturaleza de Lambruschini «ofrece al examen pocas cosas a la vez, y sucesivamente las más sobresalientes, reser­vándose el reanudar su examen exclusiva­mente en las partes menos aparentes. De aquí la ocasión y el modo de realizar sin fatiga y sin tedio los dos principios sub­alternos de la graduación y de la repeti­ción». Estos conceptos constituyen los temas tratados en las primeras tres jornadas; en la cuarta y última son reunidas las ideas desarrolladas en las discusiones precedentes.

M. Maresca