Cómo Hacer Claras Nuestras Ideas, Charles Sanders Peirce

[How to make our Ideas Clear]. Famoso ensayo del filósofo americano Charles Sanders Peirce (1839-1914), publicado en el «Popular Science Monthly» de 1878 e in­cluido en los Ensayos reunidos [Collected Papers], publicados en 1930-1938 al cuidado de la Universidad de Harvard, en seis grue­sos volúmenes, clasificados por temas. Como es sabido, Peirce es el fundador de la co­rriente de pensamiento conocida con el nombre de «pragmatismo», la cual, en nues­tro autor, se reduce a un método de inves­tigación lógica acerca de las palabras que usamos y las afirmaciones que hacemos cuando palabras y afirmaciones no indican más que una determinada experiencia par­ticular directa. En estos casos, para saber exactamente qué nos proponemos decir, de­bemos preguntarnos qué efectos pueden te­ner eventualmente en la práctica el ente o la relación indicada con aquella palabra o afirmación; la representación que compren­da todos estos posibles efectos constituye la idea expresada con aquella palabra o afirma­ción.

Este principio es el resultado de una serie de meditaciones, expresadas en ensa­yos publicados en revistas desde 1868, que desembocaron en el famoso ensayo Cómo hacer claras nuestras ideas, del que puede decirse que se originó la filosofía de W. Ja­mes y de F. C. S. Schiller, con el cual el pragmatismo, dejando de ser un método de investigación acerca de nuestras ideas, se convertía en una teoría de la naturaleza de la verdad, y por lo tanto de la realidad en general; se convertía en el «empirismo radi­cal» de James y el «humanismo» de Schi­ller. Peirce tenía mucha razón en separarse de ellos, puesto que no había tomado el prin­cipio pragmático como expediente lógico, aislado, sino que lo había derivado de una concepción bien determinada del conoci­miento y de la realidad que fue exponiendo en gran número de trabajos. Por el «prin­cipio pragmático», la acción humana no es (como en el pragmatismo usual) el último criterio de la verdad, sino sólo una regla para deducir de una afirmación abstracta fenómenos empíricos tales que den a la afir­mación un significado preciso. Téngase pre­sente, en efecto, que el principio no se apli­ca a lo que es directamente experimentado; esto, según Peirce, es sin más, verdadero, o a lo menos no da lugar a dudas. Pero cuando nuestras afirmaciones o creencias se refieren sin más datos de hecho, es menester, por decirlo así, «traducirlas» en hechos em­píricos, para que ideas y afirmaciones resul­ten claras, y se pueda examinar si son ver­daderas o falsas; porque Peirce repite, al final de su ensayo, que las ideas pueden ser claras aun no siendo verdaderas, y por lo tanto el principio pragmático no determina la «verdad» sino sólo la «precisión» lógica de una afirmación. Ahora bien, el principio pragmático forma parte de una teoría gene­ral de la filosofía como «común-sensismo»; Peirce piensa, en efecto, que mientras las ciencias instituyen determinados experimen­tos, y así generan una experiencia muy es­pecial que debe ser estudiada, la filosofía en cambio no hace más que asumir la expe­riencia común, la experiencia corriente de cada hombre, y examinarla en sus implica­ciones.

Una teoría filosófica no es más que una interpretación de lo que cae continua­mente bajo los sentidos del hombre común. Pero esa experiencia corriente es interpre­tada de modo ligeramente diverso por el común empirismo del positivismo. Según esto, los hechos que era menester examinar eran los hechos particulares: toda cosa era por sí misma, toda sensación se refería a una cualidad o ente particular. Para Peirce, en cambio, la sensación no nos da realmente lo particular, sino también lo universal. En nuestra experiencia directa existe también lo general; la primera vista de una cosa, dado que es imprecisa y vaga, nos da sólo caracteres genéricos, caracteres que la cosa particular tiene de común con otras, y por lo tanto caracteres generales. Si po­demos actuar en el mundo y provocar cier­tas experiencias, es porque entre las cosas existen ciertas relaciones (ciertas leyes ge­nerales) : si no existiesen y no fuésemos in­mediatamente conscientes de ellas no po­dríamos jamás decidir una acción determi­nada. Por lo tanto, Peirce sostiene que en la discusión medieval acerca de las ideas te­nían razón los realistas, los cuales sostenían que las ideas tienen realidad, existen real­mente en las cosas, contra los nominalistas, que las consideraban como puros nombres.

Por la misma razón, Peirce sostiene que el principio pragmático deriva de Kant; de un Kant, entiéndase bien, interpretado muy unilateral y literalmente, como defensor de, la experiencia en su conjunto y de las im­plicaciones prácticas de la experiencia. La función de la razón, a la cual, según Kant, se debe la construcción empírica del mundo, se toma en Peirce actividad práctica, diri­gida a establecer hechos reales que, produ­ciendo una creencia, suspendan las elucu­braciones inútiles de esa metafísica abs­tracta de la cual hasta Kant se declaraba enemigo. M. M. Rossi