[Citadelle]. Esta obra de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), publicada en 1948, o sea cuatro años después de su muerte, representa el conjunto de las notas y apuntes encontrados entre sus papeles y viene a ser una suma de las reflexiones y experiencias acumuladas en el curso de su vida. Se ignora la forma en que el autor las habría dispuesto para su publicación; el propio autor consideraba que se trataba de una obra incompleta, que nunca estaría acabada. «Es mi obra póstuma», solía decir. Antoine de Saint-Exupéry, piloto de las grandes líneas aéreas, especialista en las aventuras más arriesgadas y en las más críticas misiones durante la guerra, unía a su gran talento de escritor, manifestado en Tierra de hombres (v.), Vuelo nocturno, Correo Sur (v.), Piloto de guerra (v.), El joven príncipe (v.), un agudo y patético sentimiento de la vida. De la lectura de los textos contenidos en la Ciudadela se desprende con claridad que la vida era para él como una aventura, lo mismo en la esfera de la actividad práctica que en el dominio de lo espiritual. Su misma profesión, que con tanta brillantez y profundidad nos ha descrito en los libros anteriormente citados, le revelaba los aspectos más variados e importantes de la existencia, de esa existencia que le sirvió para extraer la filosofía vital que aquí se pone de manifiesto. La Ciudadela está todavía mezclada con su ganga, según expresión del propio Saint-Exupéry.
No se trata de un libro «compuesto» y se le intuye escrito al día, siendo preciso considerarlo como una especie de diario íntimo en el que Saint- Exupéry registraba sus pensamientos sobre cuántos problemas le interesaban; cuestiones principalmente de orden moral y social, que aluden, en su conjunto, a las relaciones del individuo consigo mismo, con la sociedad y con Dios. El personaje que nos habla en primera persona es, sin duda, un reflejo del autor, aunque, por una ficción literaria, Saint-Exupéry haga de su héroe un príncipe del desierto, hijo de un poderoso rey, de quien solicita los consejos que le transmite la sabiduría adquirida en el curso de su larga existencia en contacto con los hombres. La atmósfera del desierto, las ciudades de Oriente, los oasis, se evocan aquí más que se describen, y de un modo muy subjetivo, revelador de que se trata sobre todo del mundo interior de Saint-Exupéry. Desierto, soledades, necesario rigor del individuo consigo mismo e incluso con los demás, tal era el clima espiritual en que vivía este aviador, pese a su aparente sociabilidad y a una amabilidad nada protocolaria. Más que sus novelas, que tantas perspectivas ofrecen, sin embargo, de su mundo interior a través de la ficción literaria, Ciudadela debe considerarse como la larga y paciente confidencia que el hombre, sumido en la contemplación y meditación, se hace a sí mismo. Fácil resulta aplicar a la vida y al ser del piloto de línea las confidencias que el rey nómada formula en el libro, reveladoras del carácter universal de la experiencia humana.
No hay línea de este importante volumen — importante incluso en sentido material — que carezca de densidad y que no constituya un mensaje lanzado por su autor a quien sepa entenderlo e interpretarlo. Los principales temas con que ya nos habíamos encontrado en los libros «anecdóticos» de Saint-Exupéry, reaparecen aquí enriquecidos de vastas y profundas resonancias y expresados de un modo directo, en el tono de una conversación íntima, de corazón a corazón. Particularmente el tema de la «ciudadela» que, de un modo velado o evidente, domina todo el libro, representa para el autor1 lo que para San Juan de la Cruz el «Castillo del alma» o, simultáneamente, un navío, «la nave sin la que los hombres no podrían alcanzar la eternidad»; como también el tema de la «fortificación» significativo para el autor del «poder que organiza sus provisiones subterráneas para conducirlas a la conciencia». Como resultado de múltiples experiencias humanas, Ciudadela encierra también una auténtica experiencia mística. Si los apólogos y las alegorías con que Saint-Exupéry envuelve algunas de sus «confesiones» se rodean de una atmósfera bíblica, su noción de la «pirámide» de la vida, quizá tomada de Goethe, se nos revela infinitamente más rica y plena por quedar rematada en Dios. En su necesidad de volver a la esencia de los seres, de las cosas y de las ideas, en su expreso deseo de encontrar un orden no sólo social, sino también y especialmente moral, espiritual, en este abandono de sí mismo que practica, en su búsqueda del perfecto y total acoplamiento del ser, radica lo que rectamente puede llamarse «la experiencia mística» de Saint-Exupéry; experiencia que, con mucha discreción, reserva, vacilaciones y pudor, se transparenta en cada página de su libro, infundiéndole unidad y emotiva belleza. «Tu pirámide no tendrá sentido si no acaba en Dios, que se derrama sobre los hombres después de haberlos transfigurado». El gran aviador, el heroico soldado, había experimentado dentro de sí mismo esta ión, cuyo relato y confesión viene a ser el presente libro.

