Cartas del Destierro, Francesco de Sanctis

Lettere dal’esilio]. Es la colección de las cartas que, desde Suiza, y sobre todo desde Zurich, donde, en los años 1856-1859, desempeñó la cátedra de literatura italiana en el Po­litécnico, Francesco de Sanctis (1817-1883) dirigió a su amigo Diomede Marvasi (1827- 1875). Esta correspondencia fue después publicada por la viuda de Marvasi, en Ná­poles, en 1913. Diversas en tono e inspi­ración, estas cartas reflejan el estado de ánimo político literario del «profesor» napo­litano, ya llegado a la plena madurez y con­ciencia de su método. Al salir de la cárcel napolitana, De Sanctis había ocupado una cátedra libre de estética en la Universidad de Turín, sus Ensayos críticos (v.) eran ya ampliamente conocidos, y en todas partes se había formado una atmósfera propicia para sus ideas histórico-filosóficas. En Suiza tuvo ocasión de ver, como en un altorrelieve y en plena acción, aquel mundo del romanti­cismo alemán, que él asimiló tan íntimamen­te, reduciéndolo a claras fórmulas; Kant, Hegel, los Schlegel le eran familiares en Ná­poles; ahora, en Zurich se familiarizó con Schopenhauer, sobre el cual compuso el co­nocido diálogo Leopardi y Schopenhauer, y en Zurich, que entonces era asilo de los re­fractarios y los no conformistas de media Europa intelectual, y donde vivían, entre otros, Ricardo Wagner, desterrado desde el año 1849, David Strauss, que había sido declarado indeseable en alemania después de la publicación de su Vida de Jesús (v.), y Ludwig Feuerbach, De Sanctis se em­papó de aquella atmósfera de libre huma­nidad en la que tan a gusto se sentía y ganó en ella un interés por los problemas vivos europeos de que carecieron sus ami­gos de Nápoles y Turín.

El contacto con esa atmósfera tan independiente le desvincu­ló también del dogmatismo de sus propias ideas, y le ayudó a comprender más tarde (cosa que no sucedió a Florentino ni a Spaventa) el positivismo y el naturalismo a lo Zola. Esta correspondencia refleja la sorpre­sa, la excitación mental de aquellos años, en contacto con las más altas personalidades de la cultura europea, al paso que no faltan en ella relámpagos reveladores de la nueva situación que se iba creando en Italia, y la­mentaciones nostálgicas, aunque compensa­das por picantes ironías de aquel remoto mundo napolitano. Se admira en estas car­tas, como siempre ocurre con De Sanctis, la movilidad casi vertiginosa de sus inte­reses mentales y su enlace entre arte y vida, en que radica su secreto como historiador. Páginas fluidas, cuya profundidad se disi­mula bajo la forma del estilo más coloquial.

L. Giusso