Cartas de la Montaña, Jean- Jacques Rousseau

[Lettres de la Montagne]. Opúsculo apologético de Jean- Jacques Rousseau (1712-1778), publicado en el año 1764. El autor escribió estas cartas en respuesta a las Cartas del campo en las cuales Tronchin, procurador general del Consejo ginebrino, exponía las razones que habían obligado a emitir orden de arresto contra Rousseau como autor del Emilio (v.), declarado, junto con el resto de sus obras, «impío, escandaloso, temerario, lleno de blas­femias y de calumnias contra la religión», subversor de todo gobierno y de toda reli­gión revelada. A estas acusaciones Rousseau objeta que él entiende la esencia del Cris­tianismo no tanto en la ortodoxia doctri­naria, como en la práctica de los preceptos evangélicos, el primero de todos, el de to­lerancia. Tanto por esto, como por su doc­trina del amor universal, y porque se pro­pone no tanto la educación del ciudadano como la del hombre, él cree que el Cristia­nismo no puede ser religión de Estado.

Se defiende después de la acusación de im­piedad por haber negado la necesidad del milagro para demostrar la verdad de una religión, oponiendo a la Iglesia ginebrina la esencia de la Reforma y su misma fun­ción histórica, que anteponía el racionalis­mo imparcial al dogmatismo sectario. Niega además competencia al Consejo ginebrino para juzgar en materia religiosa, haciendo notar que sus jueces han condenado su li­bro sin advertir que ponía como modelo para Europa la constitución suiza, indican­do los medios para conservarla inmune de abusos. A propósito de esto, en la carta VI remacha la tesis ya expuesta en el Contrato social (v.), según la cual la soberanía reside en los diversos miembros de la sociedad unidos por un convenio común, que les obliga a renunciar a una parte de su li­bertad para garantizar la otra, y aprovecha la ocasión para acusar a los miembros del Consejo ginebrino de haber hecho pasar toda forma de gobierno de las manos de los ma­gistrados elegidos por el pueblo, a sus pro­pias manos. Y como en Ginebra se había formado una especie de partido que sostenía a Rousseau y que vanamente había inten­tado protestar contra las decisiones del Pe­queño Consejo, el autor pasa a la ofensiva, y declara que su condena ha sido una vio­lación de la ley, porque le fue impedido el derecho de protesta reconocido en la Cons­titución ginebrina, por un edicto de 1707. Finalmente, acusa de tiranía a un gobierno que ofende a los defensores de la legalidad, ¡condenándolos uno tras otro, con objeto de desanimar a todo aquel que aspire a en­mendar con sus críticas la administración de la cosa pública.

S. Spellanzon