Cartas de Bolívar

(1783-1830). La co­lección de cartas, proclamas, discursos y ar­tículos del Libertador más completa es la publicada por Vicente Lecuna en La Ha­bana, en 1947. El epistolario constituye, por su extensión e interés, la parte más im­portante, y comprende más de 2.300 cartas oficiales y privadas. La desigualdad es la característica del epistolario. Desigualdad en el contenido, en la actitud espiritual, en la expresión. En sus cartas, Bolívar teoriza sobre el destino futuro de América, se pre­ocupa por la política europea, da órdenes urgentes en vísperas de sus grandes batallas, dicta seguros partes militares, decide sobre los más minuciosos detalles de la organiza­ción de sus ejércitos, sigue enfadosos trá­mites burocráticos, discute asuntos de fa­milia, etc. Se impacienta, se exalta, se deprime profundamente. Pasa del énfasis de una pulida cláusula a frases desborda­das o incompletas. Ritmos lentos y febriles alternan en cartas — tan diferentes entre sí — como las que dirige a Santander, a Sucre o a su hermana María Antonia. Las que escribió a Manuelita Sáenz, perdidas casi totalmente, nos habrían dado sin duda la dimensión íntima que en parte falta en el epistolario. Es que Bolívar gravita entre la desmesura de su espíritu romántico y la medida que le impone su formación neo­clásica. Su sentido del lenguaje le lleva a un tipo de expresión universalista. Por eso su habla, que es, en líneas generales, el cas­tellano afrancesado de principios del si­glo XIX, está depurada de regionalismos, que sólo el afecto trae a veces. A pesar de que dictó casi todas sus cartas a diversos secretarios y ‘ amanuenses a lo largo de su vida, tan intensa, urgida y extenuante, Bo­lívar se nos presenta en ellas con toda su personalidad, y se manifiesta como extra­ordinario prosista. Muchas de sus frases, de gran vigor y agudeza, se han convertido en aforismos corrientes de la expresión vene­zolana, porque tenía realmente el don de acuñar frases sentenciosas. Leer sus cartas es sentir el contacto de su espíritu y de su genio.

M. Hildebrant