Carta Magna, Juan Sin Tierra

Documento fundamen­tal de la Constitución británica. Su título es Magna Charta libertatum, seu concordia inter regem Johannem et Barones pro concessione libertatum Ecclesiae et regni Angliae. Fue otorgada en 1215 por Juan Sin Tierra, al terminar la victoriosa lucha que contra él mantuvieron los nobles y la Igle­sia. Está todavía en vigor, aunque no en su redacción primitiva, que ha sufrido di­versas modificaciones, siendo las principales las introducidas por los monarcas Enri­que IV y Eduardo I y la contenida en el Statute Law revisión. La primera redacción constaba de 65 artículos. En el preámbulo se declara que las disposiciones siguientes van dirigidas a «todos los arzobispos, obis­pos, condes y barones». Los arts. 17, 18, 19, 25-31, 34, 37, 38, 43, 44, 45, 47-62 han sido derogados; los arts. 3-8, 10, 11, 15, 33 y 35 conciernen a materias estrictamente feudales. En el art. 1 se sanciona la liber­tad de la Iglesia en Inglaterra, con todos los privilegios que posee. El art. 2 enuncia, en general, el reconocimiento de todas las libertades allí consignadas a todos los súb­ditos libres de Inglaterra. Las principales son: tutela del patrimonio de los deudores, cuyos bienes inmuebles no pueden ser em­bargados más que en caso de no alcanzar el pago con bienes muebles; tutela de los fiadores que no pueden ser perseguidos, si previamente no se ha entablado acción con­tra los deudores; promesa de no imponer contribuciones por derecho de servidumbre, sin el consentimiento del Consejo real (o sea de los barones), salvo casos excepcionales (artículos 12, 14); respeto de la libertad y privilegios ciudadanos de carácter consue­tudinario (art. 13); reconocimiento de los derechos individuales en las penas, que so­lamente serán impuestas por delitos graves, si bien no podrán rebasar los límites de los alimentos necesarios y deben ser propor­cionales a la falta (arts. 20, 21, 22).

El principio más importante es el establecido en el art. 34: «Ningún hombre libre podrá ser arrestado, encarcelado o expoliado de sus bienes, colocado fuera de la ley ni des­terrado o molestado, en modo alguno, y no castigaremos ni haremos castigar si no es a consecuencia de un proceso legal de sus iguales, según las leyes del país». El ar­tículo siguiente no hace sino repetir el mismo principio, diciendo: «No vendere­mos, negaremos ni diferiremos la justicia, a quienquiera que sea». El art. 36 establece la libertad de comercio y de tránsito te­rrestre y marítimo para los negociantes, salvo en caso de guerra. El gran valor cons­titucional de este documento estriba más en la interpretación que ulteriormente se le ha dado que en su contenido real. Y, ciertamente, sea en el espíritu de los con­tratantes como en la misma letra del texto, el fin del documento consistía en recono­cer privilegios ya existentes y conceder otros nuevos a la nobleza británica. Los sucesivos acontecimientos históricos deter­minaron la interpretación de la Carta Magna en el sentido de un reconocimiento general de los derechos. El artículo 34, por ejemplo, debía tener un alcance bastante limitado, favoreciendo tan sólo a aquellos que impusieron al soberano la firma del do­cumento. Sin embargo, los términos, afor­tunadamente amplios, y alguna equívoca to­lerancia, permitió, cuando los demás estra­tos sociales de la población conquistaban «de hecho» la libertad civil, invocar la dis­posición con el fin de consagrar y legitimar jurídicamente la libertad misma. Precisa­mente en virtud de estos felices equívocos, los documentos sucesivos de la historia in­glesa van ligados idealmente a la Carta Magna. El espíritu del documento ha sella­do la fisonomía inconfundible y peculiar de toda la concepción política inglesa, tan­to en sentido teórico como en sentido po­sitivo; hoy se considera «la» libertad no tanto como elemento constitutivo natural del individuo, cuanto como conjunto de li­bertades, fruto de los privilegios logrados a través de luchas y conquistas. Respecto al sucesivo desenvolvimiento constitucional británico (v. Acta de «Habeas Corpus» y Acta de los derechos.

A. Répaci