Arte de la Guerra, Niccoló Machiavelli

[Dell’arte della guerra]. Tratado teórico-militar en siete libros de Niccoló Machiavelli (1469- 1527), compuesto en 1519-20 e impreso en 1521. Posterior al Príncipe (v.) y a los Discursos sobre la primera Década de Tito Livio (v.), quiere ser una especie de com­plemento, tratando en forma detallada del problema militar que siempre había ocupa­do una parte esencial en la especulación po­lítica de Maquiavelo y está aquí ilustrado en sus aspectos políticos y más ampliamen­te técnicos. La ocasión se la ofreció el res­tablecimiento, por parte de los Médicis, de la «Ordinanza» florentina, creada por la re­pública por obra y consejo de Maquiavelo, que había sido un ardiente propugnador y consideraba traicionadas las propias concep­ciones por los nuevos gobernantes; por ello pensó en reafirmar, una vez más, su pensa­miento sobre la necesidad de que un Esta­do posea «armas propias» y sobre el modo en que un ejército debe estar organizado para cumplir, en cualquier circunstancia, sus fines. Lo escribió no en la forma volun­tariamente carente de adornos del Príncipe o de los Discursos, sino aceptando de su si­glo la forma del diálogo ciceroniano y demostrando mayor solicitud por la dig­nidad y complejidad literaria.

El escenario del diálogo son los Orti Oricellari, o sea los jardines de los Rucellai, que solían fre­cuentar los jóvenes florentinos para discutir sobre estudios y política y donde Maquiave­lo había encontrado complacidos y devotos oyentes de sus apasionados discursos; así podía hacer del diálogo un conmovido tri­buto a Cosimo Rucellai, el amigo desapare­cido aun joven, y con él, recordar, introduciéndolos como interlocutores, a otros habituales de las reuniones de los Orti Ori­cellari, como Zanobi Buondelmonti, Battista della Palla y Luigi Alamanni. El principal interlocutor del diálogo es Fabrizio Colonna, conocido caudillo de la época, a quien Maquiavelo atribuye sus propias ideas, fin­giendo que, de paso hacia Florencia y hués­ped de Rucellai, las expone por invitación del mismo Rucellai y de sus amigos. En boca de aquel hombre de guerra adquirirían, pensó Maquiavelo, mayor autoridad; pero la figura de Colonna, que tras haber diri­gido durante toda la vida soldados merce­narios, condena severamente las milicias mercenarias y consciente de lo que sería el verdadero camino, no encuentra manera de seguirlo, nos parece que tiene también un significado dramático y es casi una ima­gen objetiva del tormento del autor, per­suadido de la bondad de su doctrina y con­denado a no poderla llevar a la práctica.

Y suena a autobiográfica la última página del diálogo donde Colonna prorrumpe en estas palabras: «Y me quejo de la natura­leza que, o no debía darme conocimiento de ésto, o debiera darme facultad para ponerlo en práctica»; para concluir más adelante con la magnánima declaración que es el último juicio de Maquiavelo sobre los príncipes de su tiempo: «Y verdaderamen­te, si la fortuna me hubiese concedido anta­ño el estado necesario para una empresa semejante, creo que en brevísimo tiempo hubiese demostrado al mundo lo que valen las antiguas órdenes: y sin duda o lo hubie­ra conseguido con gloria o perdido sin ver­güenza». Todo el desarrollo de esta singular obra y en especial la conclusión, donde se insiste sobre la condena maquiavélica de los príncipes italianos, causa única de la ruina de Italia, testifican que el entusiasmo inspirador del Príncipe se ha desvanecido ya: Maquiavelo continúa persuadido de la bondad de sus propias ideas y repite que «quienquiera que tenga hoy estados en Ita­lia y sea el primero en seguir este camino (o sea, organizará una milicia propia), será, antes que todos los demás, señor de esta provincia (Italia)», pero su profecía es in­determinada, pues no tiene la menor con­fianza en el porvenir próximo ni en un personaje determinado. Semejante estado de ánimo, particularmente sensible en la «Dedicatoria» a Lorenzo Strozzi, en las pri­meras páginas y en el último diálogo, forma el substrato sentimental de la obra, del que no puede prescindirse si se piensa en la apasionada vivacidad del pensamiento de Maquiavelo; y consigue mayor fuerza per­suasiva el concepto fundamental: la nece­sidad primordial para un Estado de estar armado con armas que dependan únicamen­te de sus gobernantes.

A la figura brutal y violenta del soldado de oficio, opone Ma­quiavelo el ciudadano-soldado, descrito y celebrado con palabras conmovidas en la dedicatoria: «¿En qué hombre ha de bus­car la patria mayor fe que en el que ha de prometer morir por ella?» En ningún escritor político el problema del ejército era examinado como momento fundamental de problema político: «todas las disposicio­nes que hay que hacer en una civilización para vivir con temor de las leyes y de Dios serían vanas, si no se preparasen sus de­fensas», y en ello se basa el valor esencial del pensamiento expuesto en el Arte de la guerra, valor independiente de los errores en que Maquiavelo pudo incurrir al juzgar la realidad contemporánea y al’ considerar como aplicables a su tiempo sus concepcio­nes militares. Menor importancia tienen, al compararlos, sus conceptos de carácter téc­nico, aunque interesantes en sí mismos y como documento de la cultura militar del autor y de su época. Maquiavelo ve en la infantería el elemento fundamental del ejército; en cambio, atribuye escasa im­portancia a la caballería y polemiza con cuantos confieren un valor que le parece excesivo a la nueva arma, la artillería, a la cual reconoce una importancia limitada. Está siempre atento al ejemplo de «sus» ro­manos, y sobre el modelo de la legión ro­mana querría constituir la unidad táctica de su ejército: el batallón de seis mil in­fantes dividido en diez escuadras. Pues en cuanto a que los sistemas y los métodos romanos puedan seguir siendo aplicados con éxito en sus tiempos, eso es lo que quieren demostrar, con un análisis minucioso basado en un conocimiento preciso del arte militar de la época, los siete libros de esta obra, cuya impresión, hecho único entre sus obras mayores, cuidó personalmente Maquiavelo, indicio del interés que sentía por el asunto tratado y de la convicción de haberle dado una adecuada forma literaria.

M. Fubini