Agudeza y Arte de Ingenio, Baltasar Gracián y Morales

Tratado de retórica del jesuita español Baltasar Gracián y Morales (1601-1658), publicado en versión definitiva y muy ampliada en 1648, pero aparecido ya en 1642 con el título de Arte de ingenio, tratado de la agudeza. Es el código del intelectualismo literario, puesto que la agudeza, tal como la concibe Gracián, es un resplandor de la inteligencia — el ingenio natural —, que entrevé, como bajo una luz, semejanzas y diferencias, oposiciones y correspondencias de ideas, instituyendo relaciones de analo­gía entre cosas lejanas. El espíritu se sirve entonces de conceptos unívocos, propios para algo determinado, y los transfiere a otros sujetos, donde designan una simili­tud de relaciones que concuerdan con ellos, pero analógicamente, bajo un significado im­propio, metafórico o proporcional. La obra de Gracián, cuyo contenido es difícil sinte­tizar, es una poética de la analogía: un con­tinuo ejemplo de conceptos unívocos que han sido transferidos a nuevas significacio­nes, por haberles aplicado analógicamente a cosas diversas, con las que concuerdan in­trínseca y formalmente.

De las dos partes en que se divide la obra, la primera, de cincuenta discursos, desarrolla el tema de la «agudeza sencilla»: las figuras de la pa­labra, la metáfora, la metonimia, la paranomasia, la anáfora, etc.; todas ellas formas estilísticas que entran en la órbita de la analogía metafórica. La segunda parte, de trece discursos, trata de la «agudeza com­puesta», la que recibe el nombre de metá­fora continuada; creación armónica de analogías múltiples que encuentran en la alegoría su más completa expresión. Todas estas formas, distintas entre sí hasta la exa­geración, están comentadas por Gracián, mediante una larga lista de citas extraídas de los poetas latinos y españoles, italianos y portugueses. Demuestran que el «con­ceptismo», en el sentido particular en que lo entendía Gracián, es una forma estilís­tica propia del ingenio humano en su cons­tante espiritualización del lenguaje. El error estético empieza cuando se pierde el senti­do de la palabra concreta y uno se detiene en lo que se encuentra más allá de toda intuición fantástica de lo sensible y de lo particular.

M. Casella