A la Muerte de Giuseppe Garibaldi, Giosue Carducci

[Per la morte di Giuseppe Garibaldi]. Discurso pronunciado por Giosue Carducci (1835-1907), el 6 de junio de 1882 en el teatro Brunetti de Bolonia. Es una de las más conocidas, aunque no de las más feli­ces, manifestaciones de la oratoria patrió- tica-literaria del autor. La muerte de Garibaldi cierra la epopeya luminosa del Resur­gimiento Italiano, «la revelación de gloria que apareció en nuestra niñez, la epopeya de nuestra juventud». Garibaldi fue una de aquellas «almas complejas y ricamente dotadas de la más alta humanidad», que sabe producir la estirpe italiana en sus «producciones fatales»; la «corrección y pure­za» de sus heroicas «acciones» lo hace digno de ser comparado con los héroes griegos y los mejores romanos, «su ímpetu de heroico aventurero» y su «firme devoción a los idea­les», con los caballeros normandos y los cruzados. Es el más «popularmente glorioso» de los italianos modernos, y en la historia de su vida no logra uno distinguir dónde acaba la parte de Ariosto y empieza la de Livio y asoma la de Maquiavelo.

Aquí Carducci trata de anticipar los modos y los términos con que dentro de unos siglos se narrará la historia de Garibaldi, trans­puesta a la esfera del mito: el rubio jovencito, nacido de «un antiguo dios de la patria unido en amor con una hada del Norte», será raptado de Italia para salvarlo de los tiranos. En la plenitud de los tiempos, criado por Teseo y Hércules, le llamarán de nuevo a Italia, donde él, de victoria en vic­toria, llegará a Roma. Diez años duró el sitio de Roma, pero no la tomaron los galos. Estos, en premio de la ayuda prestada lue­go contra los germanos, pretendieron quedarse con la bella región donde el héroe había nacido; pero el héroe no se entre­tuvo en lamentos: zarpa con dos buques, y en dos meses vence el «reino de los Polifemos devoradores de pueblos». Luego de la mezcla de los galos con los siervos indíge­nas nació una generación de pigmeos, y el águila romana se entristeció en la jaula que le habían preparado; finalmente la genera­ción garibaldina bajó hasta las orillas del mar: «¡Ven, o como caudillo, o como liber­tador, o como dictador!», gritó al héroe so­litario en su pequeña isla lejana; y el héroe acudió una vez más. Y como su generación era escasa, ordenó resucitar a los muertos de sus batallas y entonces las rojas falanges recorrieron la península, e Italia fue libre, en todos los Alpes, en todas las islas, en todo el mar; y el águila romana volvió a extender la amplitud de sus alas entre el mar y el monte, con roncos chillidos de ale­gría ante los buques que libres recorrían el Mediterráneo, por tercera vez italiano.

El defecto de este discurso es el mismo de las odas históricas de Rimas y Ritmos (v.); el procedimiento demasiado abiertamente literario, y algo forzado que hay en esta tentativa de ión lírico-mítica de la historia de Garibaldi. Sin embargo, esta oratoria literaria está sostenida y vivi­ficada por un «pathos» intenso y solemne, que se despliega en una sabia nobleza de ritmos apaciguados y augustos, y que es la íntima esencia lírica y la sustancia autobio­gráfica del discurso. Es el epicedio solemne de la edad luminosa y heroica, de cuyos he­chos se alimentó la fantasía de Carducci, poeta y evocador de los fastos de la historia italiana y del Resurgimiento.

D. Mattalía

Esta prosa no fluye casi nunca dulce y tranquila, cómo un río de márgenes seguras y lecho siempre igual; sino que se levanta, desciende, ondea, vibra, murmura, truena y vive toda, cada vez con actitudes nuevas, inesperados efectos, como una hermosa y fuerte selva que cruzan ríos y sacuden vien­tos. Las imágines de esta prosa son en efecto una selva. A veces son tan densas y poderosas, que oscurecen el pensamiento, del mismo modo que a veces las hojas y las flores ocultan la fuerza de la rama. (D’Annunzio)