Jean de La Fontaine

Nació el 8 de julio de 1621 en Château-Thierry (Champagne) y murió en París el 13 de abril de 1695. Hijo de una familia burguesa acomodada, vio la luz en una elegante casa del barrio alto. Muy poco sabemos acerca de los primeros veinte años de su vida; carecemos de infor­maciones seguras respecto de su infancia y de sus estudios, y, dado su escaso espí­ritu religioso, resulta extraño encontrarle, en 1641, en la Congregación del Oratorio de París con el collarín de novicio. Debió de estudiar allí Teología; sin embargo, no se­ría muy aventurado suponer que, falto de celo, pudiera pasar la mayor parte de su tiempo haciendo versos y, sobre todo, inte­resado en la lectura de Astrea (v.). Dejado el seminario (octubre de 1642), volvió al seno de la familia y vivió en la provincia y en la capital, donde frecuentó un círculo de jóvenes poetas en el cual figuraban Pellisson, Maucroix (su mejor amigo), Tellémant y Furetière, y cuyos adeptos se deno­minaban «Caballeros de la Tabla Redonda», precisamente a causa de su interés hacia los poemas de tal ciclo.

La Fontaine complacióse en la lectura de Ariosto y Boccaccio, y admiró profundamente a Malherbe, el modelo reverenciado por la pequeña academia; no tardó mucho, empero, en preferir a Marot, «maître Clément», y sentirse atraído por la inimitable simplicidad de los antiguos, Ho­racio, Virgilio e incluso Homero, «hombres divinos». En tal ambiente, no exento de preciosismo, diose a conocer, aun cuando muy modestamente, con pequeñas composi­ciones poéticas reveladoras de una inspira­ción lírica al estilo de Racan. Para complacer a su padre había contraído matrimonio en 1647 con Marie Héricart. No obstante, inadaptado a la monotonía de la vida conyugal, La Fontaine no supo encontrar en ella la manera de aplacar su innata inquietud, y la esposa, poco indulgente, no compren­dió el carácter de su marido. Muy pronto ambos se acostumbraron a vivir solos, hasta que en 1761 llegaron a la separación com­pleta, a la que contribuyeron algunas difi­cultades económicas, agravadas por la he­rencia paterna. El padre, fallecido en 1658.

había trasmitido, en efecto, a La Fontaine una economía más bien enmarañada, a la que el hijo hizo frente con cierto valor; a fin de poner a buen recaudo el dote de María, los esposos, de común acuerdo, resolvieron separar los bienes. A pesar de ello, la ne­gligencia del «ménage», tan proverbial que inspiró al amigo Tallémant des Réaux en las Historietas (v.), provocó una situación incierta. De un lado, una mujer muy joven, «bas-bleu» de provincia, devoradora de no­velas, y a la que el esposo decía, en rea­lidad sin acritud: «Vous ne jouez, ni ne travaillez, ni ne vous souciez du ménage». Por el otro, un marido que no logró enve­jecer, poeta de su vida, descuidado en sus deberes, sin espíritu de previsión, incapaz de resistirse a un impulso, de un egoísmo desalentador de tan genuino e incurable, y que reaccionaba ante las negligencias de su mujer alejándose del hogar «sans aigreur et sans bruit» para estancias más o menos largas en París y otros lugares, junto a ilustres protectores a cuyo lado buscaba los ocios gratos a su delicado epicureismo.

Así, pues, la culpa no se hallaba exclusi­vamente de una sola parte, y La Fontaine reco­noció en sí mismo escasas disposiciones a la vida familiar y confesó su volubilidad tanto en poesía como en amor. De su padre había heredado el cargo de «maître parti­culier ancien des eaux et forêts», que, a cambio de unos magros e irregulares ingre­sos, obligóle a frecuentes excursiones por los bosques de Châteu-Thierry, de las que proviene su conocimiento directo de las gentes humildes del ducado. Dejando aparte sus inicios poéticos, acerca de los cuales existen sólo noticias inciertas, cabe situar su ingreso oficial en el mundo de las letras en 1654, con Eunuque, modesta adaptación de una comedia de Terencio. En 1656 su amigo Pellisson y su tío Jannart le presen­taron al superintendente de Hacienda Fouquet, a quien dedicó Les amours de Psyché et de Cupidon (v. Amor y Psiquis), idilio heroico inspirado en Ovidio cuya mitología, muy convencionalmente modificada, según las normas del preciosismo, resulta, empero, base de versos dignos de mención.

Para «recompensar» la generosidad del augusto protector, La Fontaine compuso además en honor suyo poesías ocasionales de factura diversa, en parte perdidas, y aprestóse a cantar «les merveilles de Vaux», donde el poderoso mi­nistro recibiera magníficamente al rey en el poema descriptivo Le songe de Vaux, que permaneció en estado fragmentario por cuanto el poeta, por lo demás enemigo de las obras extensas, interrumpió su com­posición cuando el dignatario cayó en des­gracia (1661). Sincero parece haber sido el dolor que a causa de ello experimentó el literato, quien imploró en vano la cle­mencia real en la Elégie aux Nymphes de Vaux. La estancia en la «corte» de Vaux cierra una fase de su existencia que había introducido al oscuro provinciano en un mundo aristocrático y brillante. Aparecen entonces ya claras sus actitudes propias, ninguna de las cuales, empero, llegaría a fijar una personalidad que nunca dejó de ser móvil y secreta.

Una leyenda nos lo presenta «nonchalant», intolerante con las normas y el orden, inverosímilmente dis­traído, caprichoso, excesivamente dado a buscar una protección, tan abiertamente sincero como para hacer olvidar su propen­sión a poner en manos de otros el cuidado de su existencia, amante de los placeres sutiles, y hasta avanzada edad entregado al goce. Según la crítica más reciente, debe abandonarse la imagen convencional del «bonhomme» indolente, adormecido y siem­pre absorto. En definitiva, la interpretación actual no contradice la tradición, por cuanto nos presenta la figura de un espíritu com­plejo, rico en matices y no exento de cuali­dades que permiten vislumbrar en él un temperamento cordial, comunicativo y con una sensibilidad pronta e impresionable. Ello explicaría la persistencia de su libertad espiritual a pesar de las diversas proteccio­nes que le fueron dispensadas, y su exclu­sión del desprecio en que se vieron envuel­tos los vulgares aduladores de Fouquet. En la vida y la obra de La Fontaine todo se halla bajo el signo de la variedad.

Así pues, ningún otro cultivador del arte resultó, como él, tan independiente de las fuentes en las cuales se inspiraba, pero tampoco tan formado en lecturas famosas, doctas y po­pulares, y antiguas o modernas, respecto a las cuales creyó llegado el momento de con­ceder el justo relieve a Rabelais, en cuya familiaridad aprendió, sin duda, que la verdadera sabiduría no es ajena a una concep­ción del mundo realista y desenvuelta. De­tenido Fouquet, La Fontaine hubo de plantearse nuevamente el problema de la existencia. Corría el año 1664. Ingresado como gentil­hombre en la casa de la duquesa de Orleáns, permaneció en ella hasta 1672. Tal servicio resultaba ligero. El poeta, que se albergaba cerca de su tío Jannart, no fue precisamente el más asiduo de los nueve oficiales que por turno cuidaban de la mesa ducal. Pudo, pues, conservar una amplia independencia, de la que disfrutaba junto a fieles amigos. Respecto de ello ha quedado modernamente eliminada otra leyenda: la de los cuatro camaradas, Molière, Boileau, Racine y La Fontaine, o sea Gélaste, Ariste, Acante y Poliphile. El fabulista, sin duda, estableció contacto con el gran Moliere en el parque de Vaux, donde aplaudió sus Importunos (v.); dadas las afinidades entre ambos, es muy probable que de ello nacieran lazos de amistad, basados en una admiración recí­proca.

Inciertas, y además contradictorias, son las pruebas de una amistad Boileau- La Fontaine, quienes en sus criterios literarios están más bien en desacuerdo. Racine, pa­riente lejano sobrevenido, resultóle, en cam­bio, un amigo sincero y fiel. Entre 1664 y 1674 cabe situar el período más produc­tivo de nuestro autor. A él pertenece la gran mayoría de Narraciones y cuentos (1665, v.), seis libros de las Fábulas (1668, v.) y Les amours de Psyché et de Cupidon (1669), poema galante en prosa y verso de fondo mitológico. En la primera de estas obras, inspirada en Ariosto y Boccaccio, quiso de­mostrar que lo que más cuenta en el relato licencioso es el arte de la narración — «con­tons, mais contons bien…»—, la cual, en su opinión, supone un mero goce intelectual y no debe sujetarse a la verdad ni a lo verosímil. Sin embargo, La Fontaine queda por debajo de Boccaccio, y su indudable e in­mortal gloria se halla vinculada a las Fábu­las, que, librándole de la dependencia de los textos inmortales, inducíanle a la observa­ción directa — «et maintenant il ne faut pas quitter la nature d’un pas» — y le permitían ampliar su visión del universo y concretarla en numerosos cuadros, actos diversos e infi­nitos de una comedia sin fin, la de la vida, presentada no en su aspecto grandioso y trágico, sino bajo la forma cotidiana, la de todos, animales y hombres, sin sublimidad, pero con mucha verdad, eterna y renovada.

Se trata de una obra en la que la realidad y el arte aparecen compenetrados en una indivisible unidad, en el espacio más breve y en el momento más fugaz; es una labor artística de armonía, equilibrio y mesura clásicas, vivificada por la simpatía hacia lo creado, movida por una infatigable fantasía y presidida por una selección racional. Los grandes maestros habían sido esta vez Esopo y Fedro. Consagraron la gloria del poeta las tres ediciones aparecidas en el curso de un año. Muerta la duquesa, La Fontaine encontró una tercera protección en Madame de La Sablière, mujer inteligente y culta rodeada por una sociedad brillante y libre de lite­ratos y científicos. El fabulista, que pagó tal acogida con un sentimiento de venera­ción no exento de cariño, halló entonces el ambiente ideal para el enriquecimiento de las Fábulas con una segunda serie (1678) dedicada a Madame de Montespan, favorita de Luis XIV. Junto con el nuevo e indiscutido éxito — Madame de Sévigné escribe «les fables de La Fontaine [… ] sont divines» — llegó también la vejez, vigorosa, pero no morigerada. Placeres y dificultades econó­micas fueron el patrimonio de tales años, cuyo otro aspecto estuvo constituido por la soledad.

Espíritu demasiado sensible y lúci­do para hallar satisfacción plena en las propias debilidades, el poeta advirtió que la tristeza es todavía más profunda cuando, aun queriendo gozar de todo, no puede con­fiarse en nada. Hasta su mismo ingreso en la Academia (1683) viose amargado y retar­dado por la escasa benevolencia real. La enfermedad hizo mella en la robusta consti­tución de La Fontaine, ya quebrantada por el fallecimiento de Madame de La Sablière, y, con la dolencia, llegaron el temor a la muerte, el arrepentimiento, sincero aunque tardío, el retorno a la religión (1693) y la desaprobación pública de las Narraciones y cuentos. Viose, finalmente, acogido en la casa hospital de los amigos de Hervart, lo cual demostró una vez más que nunca le faltó la simpatía indulgente y el afectuoso aprecio de los buenos. Puso fin a su obra con el duodécimo libro de las Fábulas (1694); poco después terminaba asimismo su vida.

A. Bruzzi