Reyes

Libros del Antiguo Testamento (v. Biblia); los dos primeros de la serie, llamados también Libros de Samuel, están dedicados particularmente a los hechos de este profeta y caudillo, el tercero y cuarto al período sucesivo hasta el cautiverio.

Los dos libros de Samuel narran los hechos acaecidos en Israel desde el fin del gobier­no de los Jueces hasta la consolidación de la monarquía con David. Muerto el fortísimo Sansón, víctima de la seducción de una mujer forastera, Dalila, la situación general de Israel iba, cada vez más, de mal en peor. El santuario de Silo (la actual Selun entre Naplusa y Jerusalén), donde se conservaba el Arca de la Alianza, era pro­fanado por la conducta escandalosa de los sacerdotes Haphin y Pineas, que codicio­samente especulaban sobre las ofrendas he­chas por el pueblo al santuario. Su padre, el juez y sumo sacerdote Helí, demasiado débil para oponerse a los desórdenes, los toleraba. Internamente, la anarquía se ex­tendía cada vez más; y afuera, los ene­migos, especialmente los filisteos, sentían cada vez mayor avidez por las tierras de los hebreos. En un encuentro contra los fi­listeos en Afee, cerca de Silo, cuatro mil israelitas hallaron la muerte y el Arca de la Alianza cayó en poder del ejército victo­rioso. Con un jefe débil no era posible recuperarla, antes, por el contrario, era de temer el yugo de los filisteos. Pero Jahveh mueve a Samuel, el último de los Jueces, para impedir la ruina política de la na­ción y preparar la renovación religiosa y moral del pueblo elegido. Samuel, de la tribu de Leví, consagrado a Dios desde su nacimiento y crecido a la sombra del san­tuario de Silo, se prepara activamente para la misión a que está destinado.

En Masfa (hoy En-nebi samwil) obtiene el solemne desquite sobre los filisteos, inculcando así nuevamente en el ánimo de su pueblo el amor y el deseo de la independencia na­cional. Sobre la base de este nacionalismo estableció las características de la promesa y de la alianza con Jahveh, combatiendo la idolatría. El despertar religioso y nacio­nalista en las diversas tribus, consecuencia del trabajo persuasivo de Samuel, indujo al pueblo a considerar los peligros que pro­cedían de la carencia de una dirección única que concentrase en un rey el poder sobre todo Israel. Y Samuel, aunque de sen­timiento teocrático, obedeciendo a la orden divina, consagró a Saúl, de la tribu de Benjamín, como rey de Israel. En Masfa casi todo el pueblo ratifica la elección del nuevo rey, al cual Dios confirmó su misión con diversos signos (Reyes, X, 1-16). El primer monarca de Israel inaugura su rei­nado con estrepitosas victorias, pero haciéndose luego reo de una culpa — cuya grave­dad, en el actual texto, no se aclara com­pletamente — fue repudiado y su descen­dencia privada de la corona hereditaria. La obra de restauración fue continuada con mayor fortuna por David (preferido de Jah­veh, 1012-972 a. de C., hijo de Isai Jessé), de la tribu de Judá, betlemita notable, clandestinamente ungido rey siendo todavía un pastorcillo. Su victoria sobre Goliat le dio honores en la Corte, pero también sin­sabores por parte del envidioso rey Saúl.

Llamado a reinar primero sobre Judá, y al cabo de siete años, a la muerte de Isbóseth, hijo de Saúl, su competidor, sobre la na­ción entera, triunfa de los jebusitas-cananeos conquistando Jerusalén, que se con­vierte en nueva capital de Israel; vence a los moabitas, amonitas, idumeos, filisteos; consolida la monarquía, restablece el culto y el servicio a Jahveh, realiza una gran ac­tividad legislativa, construye un palacio real en Jerusalén, obra maestra de arte arqui­tectónico, instituye un ejército permanente y traslada el Arca Santa de Cariathiarin a Jerusalén. Pero David se manchó con un delito grave haciendo matar a Urias, hitita, con cuya esposa Bethsabé quiso casarse. Se arrepiente, pero su falta le acarreará una serie de desgracias. Muere en 972, a los 70 años, después de 40 de reinado. Fue poeta y compuso varios salmos, algunos de ellos mesiánicos. Estos libros antiguamente no constituían más que un solo libró dividido después en dos por los Setenta y por la Vulgata (v. Biblia). Llevan también el nom­bre de Samuel no porque éste fuese su autor, sino por ser su protagonista como último Juez y consagrador de los primeros reyes: Saúl y David. El autor (ignoramos quién fue) nos ofrece una verdadera bio­grafía de tres personajes cuyos hechos ma­ravillosos nos cuenta.

Su objeto, que es también el de atestiguar la fidelidad de Dios a sus antiguas promesas relativas al Mesías y describir el cumplimiento progre­sivo de ellas, no excluye el propósito gene­ral de proseguir la historia de los israelitas, pueblo de Jahveh, ni tampoco el de demostrar los derechos de David y de sus des­cendientes al trono de Israel. Su estilo es el de la edad de oro de la literatura hebrea. Los dos últimos libros de los Reyes estu­vieron tal vez fundidos, uno con otro, como en el canon hebraico; fueron separados por los Setenta y por la Vulgata. Contienen la historia de 386 años, según la cronología seguida por casi todos los exegetas, esto es, desde el reinado de Salomón (972) hasta el fin del de Judá (586). Tratan principal­mente de la historia de los Reyes desde la muerte de David hasta el cautiverio, y co­mienzan donde terminan los dos libros de Samuel. Pero son independientes de éste, si se considera especialmente el plan que se ha propuesto el autor: relatar con toda brevedad, sin desarrollo y con muchas omi­siones; y la manera muy personal como presenta los hechos refiriéndose siempre a las muchas fuentes en que bebe (anales de Salomón y de todos los demás reyes); y el estilo lleno de neologismos y arameísmos.

Con la historia de los reinados de Judá y de Israel, el autor se propone celebrar la jus­ticia de Dios: el rey y el pueblo, con sus pecados y especialmente con el culto ilegí­timo a las estelas de piedra y de las estacas de madera colocadas sobré cada colina y cada árbol verde (III Reyes, XIV, 21-23), habían provocado la ira de Dios al des­preciar las amenazas de los profetas. Pero como éstos suavizaron la aspereza de sus condenas hablando también de un porvenir mejor, así el autor atenuó las tristezas de su relato recordando a menudo los favores divinos que no faltaron nunca, ni en medio de los más graves desórdenes del pueblo. Una antigua tradición hebrea supone que el profeta Jeremías es el autor de estos dos últimos libros de los Reyes. Las ins­cripciones asirías confirman el sagrado re­lato. Algunos documentos egipcios y moabitas confirman también su autenticidad his­tórica. El primer rey entre los dignos de mención es Salomón (972-932 a. de C.), el rey grande, celebradísimo por sus trabajos arquitectónicos, el mejor de los cuales es la edificación del Templo, por sus relaciones con el extranjero, por su sabiduría y por sus obras literarias. Fue rey magnífico, di­plomático agudo, supo cautivarse la amistad de la gran potencia egipcia, y consiguió casarse con la hija del faraón (el cual, según se cree fue Siamón, penúltimo de la di­nastía XXI).

Su reinado no ofreció graves dificultades exteriores; en efecto, la he­rencia de David no podía dejar de ser fá­cil. Pero las mujeres extranjeras de la casa del rey — estaba en vigor entonces la poligamia — inclinaron el corazón del monarca hacia los dioses de sus naciones; ésta es la culpa que arrojó una sombra so­bre la figura del que había pedido a Jahveh «la sabiduría». Su magnificencia y las obras importantes que llevó a término en Jerusalén y fuera de ella, hicieron gravoso el peso de las numerosas gabelas y contri­buciones en materiales y trabajos; esto ex­plica el descontento y la revuelta que es­talló a su muerte. Las diez tribus septen­trionales, que contribuían con sus emprés­titos y dinero tanto como las meridionales al lujo de la capital meridional, pero no obtenían de ellos materialmente las mismas ventajas, y que veían una injusticia en la exención de estas cargas a la tribu de Judá, después de una entrevista con Roboam, hijo de Salomón, quien mal aconse­jado contestó de mala manera a la delega­ción de ellos, sacudieron el yugo, se se­pararon de Jerusalén y eligieron por rey a Jeroboán. Desde aquella época hasta la caída de Samaría (722), por obra de los asirios, los hebreos tuvieron dos reyes, el de Israel, que reinaba sobre diez tribus, y el de Judá, que tenía el dominio limitado de las tribus de Judá y Simeón y una parte del territorio de Benjamín. El reino sep­tentrional, que fue netamente separatista, obtenida la independencia política, quiso también la religiosa, y aceptó infiltraciones idolátricas egipcias y cananeas. Duró ape­nas 210 años, durante los cuales nuevas di­nastías se sucedieron con gran inestabilidad de los reyes, que desaparecían de manera trágica. El obstáculo al desarrollo normal de la prosperidad nacional es evidente.

También en el reino de Judá se sucedieron muchos reyes, algunos de los cuales fueron excelentes, como Asa, Azarías (Ozías), Ezequías y Josías, especialmente; otros, en cambio, fueron impíos y enemigos de Jahveh. Para alabar al príncipe piadoso y ce­loso, la Biblia lo celebra así: «hizo lo que es justo ante los ojos de Jahveh». Este rei­nado de Judá tuvo que sostener luchas muy duras: bajo Roboam se combatió contra Serag, rey de Egipto, el cual, para sanear la hacienda pública y el erario exhausto, se apoderó de todas las riquezas de Jerusalén. Bajo casi todos los reyes (hasta 722) se hubo de reprimir alguna invasión de los israelitas septentrionales. Ozías tuvo que alistar un ejército poderoso para derrotar a los edomitas, los filisteos, los amonitas y varias tribus árabes. Los asirios fueron los que crearon mayores dificultades, tanto al reino de Judá como al de Israel. Saquearon, bajo Acaz, con Tiglathpileser (727), aterrorizaron con Sennaquerib, en tiempos de Ezequías, dominaron también con Asarhadon (680-668) y Asurbanipal (668-626). Des­pués de suceder a los asirios, los neobabilonios, tras de la destrucción de Nínive (612), también molestaron a los hijos de Judá. Tras numerosas incursiones y consi­guientes deportaciones, Nabucodonosor (604- 561), rey de la última dinastía babilónica, en el año 586 despuebla Judá y lleva la población como esclava a Babilonia, arra­sando hasta sus cimientos a Jerusalén, su capital. Así da comienzo el triste destierro y cautiverio.

G. Boson