Poesías Sacrodramáticas, Apostolo Zeno

[Poesie sacre drammatiche]. En este volumen del italiano Apostolo Zeno (1668-1750) se reco­ge la mayor parte de sus oratorios y poe­sías.

Publicado en 1735 y dedicado al em­perador Carlos VI y a la emperatriz Isabel Cristina, consta de 16 breves acciones de tema bíblico, de las que trece se inspiran en el Antiguo Testamento. «Naamán», «Las profecías evangélicas», «Nabot», «Daniel» y «Sedecías» exaltan las figuras de grandes profetas, ora prodigios de consuelos celes­tes, ora terribles administradores de la jus­ticia divina. Uno de los dramas mejores de Zeno, el «David», se inspira en el conflicto surgido entre el salmista y Saúl, mientras que el «David humillado» escenifica los cas­tigos que Dios infligió a su orgullo. «Jonatás» canta el heroísmo y la mansedumbre del hijo de Saúl; «Sisara» conmemora la victoria contra el terrible capitán, conce­dida por Dios a las manos femeninas de Débora y de Jael; «Tobías» es un himno al arcángel Rafael, que sanó a su padre y fue su guía; «Joás» representa, siguiendo las normas de Hacine, el triunfo del muchacho contra la usurpadora reina Atalia (v.); «José» nos muestra al piadoso hermano que perdona a sus perseguidores; «Bautista» nos hace asistir al sacrificio del Precursor de Cristo.

En el Nuevo Testamento se ins­piran los últimos dramas: «San Pedro en Cesarea», que canta la extática alegría de los conversos; «Jesús presentado en el tem­plo» y «Jerusalén». Es notable este último, que alcanza hasta Flavio Josefo, porque en él aparece en escena un personaje simbó­lico, Jerusalén, personificación de la parte mejor de la ciudad, el cual, después de haber escuchado los pareceres discordes de sus^ hombres más autorizados, va con el apóstol San Juan a visitar los lugares de la pasión de Cristo. Pero ésta es una excep­ción, con la que Zeno reaccionó contra el uso establecido por los oradores anteriores a él, de introducir en las escenas los más variados personajes alegóricos.

Considerado justamente como el creador del oratorio moderno, al que dio unidad de acción de tiempo y, por lo común, también de lugar, sometiéndole a todas las exigencias del me­lodrama, del que sólo difiere por el tema y por la mayor brevedad de la acción, Zeno no tiene, con todo, temperamento de poeta ni de místico. e revela en él, por el con­trario, a menudo árido razonador que atavía lugares comunes, el doctísimo cono­cedor de las Sagradas Escrituras, a cuyas palabras se atiene, concertándolas entre sí con gusto seguro; de ahí que sus oratorios superen en valor poético a sus melodramas.

E. C. Valla