Peregrinación A Tierra Santa, Eteria

[Peregrinatio ad loca sancta]. Eteria, aba­desa de un convento de la Galia meridional o de España, efectuó, probablemente a fines del siglo IV, un viaje a Palestina, para visitar los Santos Lugares. De este viaje dejó escrito un diario, donde narra minu­ciosamente, para ilso de las monjas del con­vento, cuanto encuentra de notable en su itinerario. El diario no nos ha llegado com­pleto: faltan el principio, el final y hay lagunas también en medio, de manera que no es posible fijar ni las etapas del viaje de ida ni el final del viaje de vuelta.

Por otra parte resulta que llegando a Jerusalén, Ete­ria efectuó, en el transcurso de tres años, acompañada por una escolta y protegida en los lugares peligrosos por soldados de las guarniciones romanas, tres viajes: uno al monte Sinaí, el otro al monte Nabau y el tercero a la tumba de Job. El retorno, que efectuó por tierra, tuvo como punto de llegada Constantinopla, en donde el diario fue redactado — y como una desviación de su itinerario —, realizando también una vi­sita a Mesopotamia para estudiar los ceno­bios monacales del desierto. Sustancialmen­te el escrito no se diferencia grandemente de la literatura de viajes, resuelta en forma de itinerarios, y no tendría un gran inte­rés por el descubrimiento o redescubrimien­to de lugares ya conocidos si Eteria no hubiese incluido en su narración una relación exacta de la liturgia y de la disciplina religiosa en las Iglesias Orientales y parti­cularmente en la de Jerusalén, de la cual la peregrina describe todas las ceremonias de Semana Santa.

A pesar de haber em­prendido el viaje con un fin piadoso y reli­gioso, como entonces era costumbre, o a veces incluso para cumplir un voto, la mon­ja no olvida que es una organizadora de la vida monacal y por esto quiere cerciorarse personalmente de las formas religiosas en estas regiones que, metas de la peregrina­ción, deben ser tomadas como modelo. Igle­sias, conventos, tumbas de santos, atraen especialmente el interés de la piadosa mujer quien, con un sentido crítico poco común y una cultura bíblica que nada tiene de superficial, va a los lugares con las Sagradas Escrituras en la mano para examinar si la correspondencia entre localidades y escri­tos es perfecta. Se muestra casi totalmente insensible a las bellezas del paisaje; su sen­timiento dé la naturaleza queda supeditado al sentimiento de Dios, de tal manera que la admiración por la belleza de algunos lugares, siempre expresada de una manera muy parca, es más debida a la fascinación que le inspiran que a una efectiva com­prensión de la autora.

La Peregrinación no es muy diferente de la casi homónima obra de Pedro Diácono: Los santos lugares [De locis sanctis]; de S. Euquerio: El sitio de Je­rusalén [De situ Hierosolimitanae urbis]; de Teodosio: El sitio de Tierra Santa [De situ terrae sanetae]; el llamado Breviario de Jerusalén [Breviarium de Hierosolyma]; de Antonio Placentino: el Itinerario [Itinerarium]; de Adamnano: Los Santos Luga­res [De locis sanctis]; de Beda: Los Santos Lugares [De locis sanctis]. Pero el latín que escribe Eteria es de una sorprendente mo­dernidad, anticipándose valientemente a ciertas características particulares de las lenguas romances. En este aspecto, entre los documentos de latín vulgar o prerromance, la Peregrinación de Eteria asume un lugar notabilísimo y aun con mucho el más importante, porque demuestra que en las pro­vincias romanas y más particularmente en la Galia meridional y en España, ya en el siglo IV (de todos modos hay que recordar que algunos investigadores sitúan la com­posición del texto hacia mediados del siglo VI), se hablaba un latín que, si bien con­servaba aún la morfología clásica, usaba una sintaxis más ágil y más libre con concor­dancias, régimen y nexos que, a pesar de ser usados en el latín hablado, no lo habían sido hasta entonces en el latín escrito.

F. Della Corte