Aunque no monopolizan la invención y divulgación de amaños y falsedades de varia especie, se da este nombre particularmente a varias crónicas forjadas a partir del siglo XVI, cuya proliferación continuó hasta el XVIII, en que el afinamiento del espíritu crítico puso término a tan dilatada familia. Los creadores de tales infundios no hicieron sino aprovechar para sus fines la ilimitada dosis de credulidad que la masa del vulgo atesora, bien abroquelados, además, en la santidad de los asuntos tratados. Porque fueron, en efecto, temas de historia religiosa, tan propicios siempre al apasionamiento, y con ello a desfigurar lo que sea preciso para aplastar al contrario, los que abrieron el camino. El objeto era demostrar la existencia de un santo, o la antigüedad ilustre de una diócesis, o la celebración de un remoto concilio, o cualquier otro extremo de que resultase halagado el amor mal entendido de una región o ciudad, en competencia con otras ciudades y regiones. Pero el éxito de la pseudohistoria eclesiástica extendió, como veremos, el uso de sus procedimientos a la historia profana en todas sus facetas.
La «técnica» de los falsarios fue también perfeccionándose a medida que la desconfianza de los posibles lectores, excitada por hombres clarividentes que en ningún momento faltaron, fuese negándoles su aquiescencia. Se recurría para ello a variados expedientes: las noticias amañadas se deslizaban entre datos indubitables; un mismo hecho era acreditado por escritos diferentes y aparecidos en lugares muy alejados entre sí; se aludía como por incidencia a una crónica, que por separado era «encontrada»… Y la facilidad con que se lograba así demostrar las más absurdas tesis, fue ampliando el campo hasta el punto de ser muy contadas las fuentes que pueden ser consultadas con confianza, sobre todo en historia eclesiástica, local y genealógica. Mencionamos a continuación los falsos cronicones que obtuvieron mayor notoriedad. El primer impulso en esta etapa parece haberlo dado el hallazgo (1588) en la Torre Turpiana de Granada, de un pergamino, con una supuesta profecía de San Juan Evangelista, y varias reliquias, a lo que siguió (1595-1597) el de unos plomos en el Sacromonte. En ese intermedio, en 1592, publicó Miguel de Luna, intérprete oficial de lengua arábiga, una «verdadera hystoria» del rey Rodrigo, que decía escrita por Abulcacim Tarif, un árabe coetáneo del monarca godo, y por él, Luna, hallado en El Escorial; aunque era simplemente una novela, y no bien urdida, tuvo muchas reimpresiones.
El jesuita toledano Jerónimo Román de la Higuera, aficionado a la antigua historia religiosa y espíritu poco exigente en detalles de veracidad por entender que a nadie dañaba con ficciones que podían servir para edificación del lector, fue el más diligente proveedor del género; él forjó un cronicón a nombre de Dextro, citado como amigo por San Jerónimo, adscribiéndole dos fragmentos de una historia. A Dextro seguía Máximo, obispo de Zaragoza, al que hacía continuador de aquél desde el año 431, y a éste un Entrando, parte desarrollada después con el nombre de Luitprando; y al fin un Julián Pérez, mozárabe de Toledo. Imposible puntualizar aquí el partido que de cada uno de estos personajes de distintas épocas sacó su creador. Digamos ya sólo que el embajador en París, Ramírez de Prado, publicó allí (1628) los tales escritos de Julián; que el erudito Tamayo de Vargas hizo una defensa del Dextro; que Rodrigo Caro se empleó también en depurarlo, así como a Máximo; que a ambos comentó el cisterciense Francisco de Bivar, etc.
Después de Higuera se señalaron: Antonio de Nobis (apellido que él cambió por Lupián Zapata), creador de un Hauberto Hispalense, comentado y apoyado por su amigo fray Gregorio de Argaiz; el famoso José Pellicer, que inventó un Cronicón de San Servando y otras falsedades, pasándose al final al bando de los condenadores; el catalán Roig y Jalpi, que no sólo hizo un Cronicón de Liberato, sino que recientemente se ha descubierto que también escribió él mismo el famoso Libre deis feyts d’armes de Catalunya por él publicado como de Bernat Boades, del siglo XV. Asimismo ha habido que atribuir a otro escritor del XVII, Diego Monfar y Sors, la paternidad del supuesto anónimo del siglo XV titulado La fi del Comte d’Urgell. Este tema de la pseudohistoria ha sido detalladamente estudiado por J. Godoy Alcántara (Historia crítica de los falsos cronicones, Madrid, 1868).
B. Sánchez Alonso

