Famas Usurpadas, Vittorio Imbriani

[Fame usurpate]. Ensayos críticos de Vittorio Imbriani (1840- 1886), publicados en Nápoles en 1887. Son cuatro estudios literarios ya aparecidos en periódicos y revistas y reunidos bajo este título; se refieren a Aleardi («Nuestro quin­to y gran poeta»), al Fausto de Goethe («Una obra maestra equivocada»), Zanelle («Un pretendido poeta») y Andrea Maffei («Traductor traidor»). Imbriani desea «com­batir la estupidez de la crítica italiana» y se compara con el cirujano que quiere cu­rar una gangrena utilizando todos los me­dios necesarios para este menester. De aquí el tono empleado. Aleardi es un declamador desautorizado que utiliza las ideas de paz y libertad como pararrayos estéticos para sus ineptas composiciones; su mundo es la fatuidad, su obra abunda en términos técni­cos faltos de poesía, adjetivos y metáforas mal usadas; su verso es flojo, su lenguaje huero. El Fausto es para él un monstruo li­terario, en el que luchan, mal aglutinadas entre sí, una epopeya apenas esbozada, una leyenda carente de ideas orgánicas y una novela prosaica en cuanto a la invención y defectuosa en su desarrollo psicológico; el tono es de fatua presunción, los caracteres inexistentes y las partes desproporcionadas e incluso los momentos más poéticos son observados con la «falta de visión» del au­tor. Zanella, digno poeta de la escuela charlatanesca del positivismo italiano ex­presa — dice Imbriani — en malos versos, conceptos inmorales, inculcando vilmente la ignorancia, con la excusa de que la cien­cia y la razón, en cuyo poder cree, no proporcionan «paz al corazón».

Imbriani asegura que Maffei engaña desde hace cincuenta años a sus lectores, como se de­muestra confrontando en un centenar de versos, su traducción, la literal y el texto de Goethe. En una segunda edición (1888) fueron añadidos dos violentos artículos so­bre la conducta política de Manin y de Benedetto Cairoli («Daniele Manin», « ¿Es un hombre honesto Cairoli?»). Los criterios es­téticos de que parte el autor son los de su maestro Francesco de Sanctis; pero el tono agrio, las continuas digresiones en las que encuentra forma de hablar mal de una in­finidad de literatos y de no literatos, y su tendencia a pasar por alto casi rabiosamen­te las partes buenas u óptimas de un autor para insistir sólo sobre las defectuosas, todo ello contribuye a restar fuerza a sus jui­cios. Con sus páginas en las que un arcaico preciosismo se funde con desatados idiotis­mos, termina por interesarnos, más que Goethe y Aleardi, Imbriani mismo, que allí vive dentro de todo, con su temperamento iracundo y violento, «la bestia hipocondría­ca», como decía riéndose de sí mismo, «que al primer acceso de mal humor toma la pluma y se sienta a la mesa».

E. C. Valla