Lamentaciones, Giovanni Pierluigi da Palestrina

Sobre trozos del texto latino de la Vulgata, Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525?-1594) compuso entre 1574 y 1588 las Lamentaciones [Lamentationes] para con­juntos vocales que varían entre cuatro y ocho voces. Sólo una serie, a cuatro voces, fue publicada en vida del autor (Roma, 1588); las otras quedaron largo tiempo in­éditas, parte de las cuales, de tres a ocho voces, forman con los Improperios (v.) el contenido del precioso Código 59 lateranense, el único autógrafo de Palestrina que ha llegado hasta nosotros.

Las Lamentacio­nes publicadas por entero al cuidado de F. S. Habere en la gran colección de Leipzig, forman en conjunto cuatro colecciones distintas (más algún fragmento aislado), todas las cuales tienen una función litúr­gica; en efecto, cada colección está desti­nada al oficio vespertino de tres días de la Semana Santa, y para esto está subdividida en tres grupos de tres «lecciones» cada uno. El texto bíblico, lamentación del profeta sobre las ruinas de Jerusalén y del templo, está constituido por otros tantos versículos contraseñados con las letras del alfabeto hebreo (Alef, Bet, Gímel, Dálet, He, Waw, etcétera). De ellos, Palestrina músico sola­mente una selección, repitiendo la misma en cada ciclo, salvo ligerísimas variantes, y puso en notas hasta las letras hebreas; es más, precisamente en los trozos musicales correspondientes a ellas Palestrina concen­tró la mayor densidad y riqueza contrapuntísticas, mientras que los compuestos sobre el texto de los versículos tiene una estruc­tura a menudo harto sencilla, a veces simul­tánea, casi a manera de recitativo, con todo de gran belleza dramática, pero en tono más sosegado y sencillo.

Esta alternancia, no obstante, no se halla igualmente en cada parte; precisamente en la primera serie, a cuatro voces, este fragmento alternado, uno de los más famosos, alcanza una gran fuerza trágica, que se despliega en un tono sumiso y que, como observó el historiador Ambros, se expresa hasta en las pausas si­multáneas de todas las voces, como manifes­taciones del dolor que nos hace mudos. En cambio, en otras partes, como en la oración final del segundo ciclo, el conjunto polifó­nico tiene un colorido luminoso y una sonoridad imponente que en algunos frag­mentos se atenúa disminuyendo el número de voces, de donde se originan bellísimos efectos de claroscuro; y la conclusión, a ocho voces (sobre las palabras «Jerusalén, conviértete al Señor, tu Dios», que Palestrina música a modo de «ritornello» al final de cada «lectio») tiene un fulgor compara­ble al del «Amén» que cierra el «Credo» de la Misa del Papa Marcelo (v.). Grande es, pues, la inspiración de Palestrina en las colecciones mencionadas, las cuales, com­puestas en varios períodos, tienen entre sí diversidades notables en sus caracteres ex­presivos y en sus aspectos modales meló­dicos y armónicos, pero conservando siempre el tono de una religiosidad severa y de una solemne meditación humana y profética; y demuestran una vez más la variedad que existe en la aparente uniformidad de pro­cedimientos de este maestro.

F. Fano