La doctrina cristiana, San Agustín

[De doc­trina christiona libri IV]. Tratado de her­menéutica y homilética en cuatro libros escrito en Hipona, los tres primeros libros en 417, y el último en 426-27. La primera parte, que incluye los tres primeros libros, ayuda a comprender las Sagradas Escritu­ras, la segunda trata de cómo deben explicarse las Verdades divinas. Después de un extenso prólogo, donde se previenen y refutan las eventuales objeciones de los adversarios, San Agustín enseña en el pri­mer libro que toda ciencia consta de «cosas» y de «signos».

Las cosas («res») son de dos especies: las que han de ser «gozadas» y las que han de ser «usadas». Unas hacen felices a los hombres, las otras le ayudan a alcanzar la felicidad. «Gozar» significa entregarse a una cosa por amor de la cosa misma; «usar» significa emplear aquello que está en nuestro uso para el logro de lo que se ama, con tal que merezca ser ama­do; ya que el uso ilícito de una cosa no es uso sino abuso, Deben ser gozadas las tres «Divinas personas»; el Dios infalible, la Sa­biduría inmutable. Pero para conocer a esta Sabiduría es menester ser puros de corazón; y para enseñamos a serlo la Divina Sabiduría se humilló hasta tomar carne mortal, curó al hombre del pecado y le rescató de las pasiones y de la muerte.

Jesús prueba y purifica la Iglesia con tribulaciones, y quie­re que el alma mediante la penitencia re­nazca a una vida mejor. San Agustín dice todavía que debemos amar a las criaturas sólo por respeto a Dios, porque amar al prójimo por amor a él mismo, es «gozar» de él; amarlo por amor de Dios, es «usar» de él y concluye que, siendo el amor de Dios y el amor del prójimo el cumplimien­to de la Ley y la finalidad de todas las Escrituras, este doble precepto de la «charitas» debe servir para la inteligencia de los textos bíblicos. Fe, Esperanza y Cari­dad son los tres atributos sobre los que está fundida toda la ciencia y la interpre­tación de los libros santos y sólo des­pués de subordinar a estas tres virtudes la inteligencia de las Sagradas Escrituras, puede procederse con ánimo sereno al estu­dio de la Biblia.

En el segundo libro, San Agustín trata de los «sigma» y dice que entre los signos convencionales las palabras ocupan el primer lugar. Los libros sagra­dos fueron primero escritos en una sola lengua, y después traducidos y difundidos por toda la tierra. Pero no siempre resul­tan inteligibles, por lo que enumera los grados por los que se puede llegar a su perfecto conocimiento; da además la lista de los libros canónicos y los recomienda a los temerosos de Dios, a los mansos de co­razón, a aquellos que desean conocer la voluntad divina, sugiriendo los medios para comprender los lugares obscuros; saber las lenguas griega y hebrea, consultar y com­parar las distintas traducciones (entre- las varias traducciones latinas, San Agustín pre­fiere la «ítala»); por último aconseja el conocimiento de nombres propios de hombres y ciudades, de nombres de animales, plantas y hierbas; el de los números, de la música, de la retórica, de la historia, etc.

En el libro tercero dicta algunas normas para resolver el sentido ambiguo de algu­nas palabras propias y metafóricas de la Escritura y afirma que es menester guardarse de la interpretación literal de las locu­ciones figuradas y condena a los judíos que fueron esclavos de la letra, como los gentiles lo fueron de los falsos dioses; da reglas sobre la alegoría y ofrece algunos ejemplos sacados de la Biblia. En el libro cuarto el autor expone los preceptos de la retórica profana y sigue a Cicerón en la distinción de tres clases de estilos: el «simple», el «mediocre» y el «sublime», citando ejemplos sacados de los sagrados libros y de escritores cristianos. La doctri­na cristiana ofrece la clave para conocer el método seguido por San Agustín en sus comentarios sobre la Sagrada Escritura, y es obra destinada especialmente a los ecle­siásticos, que en la Edad Media se sirvie­ron de ella como de un verdadero manual.

B. Bonfiglio