Filosofúmenos, San Hipólito de Roma

El título de Filosofúmenos aplicado a la totalidad de la gran obra de San Hipólito de Roma (mar­tirizado en 235-36), escrita para refutar todas las herejías, es en el fondo una aplicación inexacta y arbitraria. En el li­bro IX de la obra, el autor alude a los primeros cuatro libros con las palabras «en la exposición de las doctrinas filosóficas». De ahí en rigor que el título de «Filosofúmenos», en todo caso, debería aplicarse únicamente a los primeros cuatro libros del voluminoso escrito, en el cual el obispo de la comunidad cismática de Roma en la época de Ceferino y de San Calixto, ha querido instituir una refutación global de las doctrinas heréticas, pensando sobre todo en sus adversarios personales de la metró­poli del Imperio. El espíritu de la obra, por cuanto el mismo San Hipólito nos dice en el prefacio, se centra en el propósito de refutar a los herejes, demostrando que han sacado sus anómalas doctrinas no ya de las Escrituras ni de la tradición orto­doxa, sino únicamente de la envenenada ciencia de los griegos.

Por esto los cuatro primeros libros se ocupan tan extensamen­te de la tradición cultural precristiana, en un sentido vasto y ligeramente caótico. Y aun después, en el curso de la obra, el au­tor se esfuerza constantemente en exponer siempre, al lado de las doctrinas de los herejes, los sistemas filosóficos. El estudio directo de las herejías, que se inicia en el libro V, expone y refuta las doctrinas de los naasenos, de los peratos, de los sethianos y de Justino el Hereje. El libro VI está dedicado a Simón el Mago, a Valen­tín, y a las dos escuelas, la una oriental y la otra occidental, que proceden de sus doctrinas. El libro VII trata de Basílides, Saturnino, Menandro, Marción, Carpócrates, Cerinto, de los ebionitas, de Teodoto, de los dos Cerdonios y de los marcionitas Luciano y Apeles. El libro octavo está con­sagrado a los docetas, a Monoimo el Árabe, a Taciano, a Hermógenes, a los cuatordecimanos, a los montañistas y a los encratitas. El libro noveno, aquel en que San Hipólito parece hallarse más en su elemento, por­que puede despacharse a su gusto contra su odiado rival de Roma, el papa San Ca­lixto, está dedicado por entero a atacar la herejía de los sabelianos, de la que hace, muy arbitrariamente, representante y cori­feo a San Calixto, cuya romántica carrera reconstruye.

El libro X quiere ser una pro­fesión de fe. El primer libro de esta obra era ya conocido hacía tiempo y se atribuía a Orígenes. Minoide Minas, a mediados del siglo pasado, descubrió la obra, probable­mente todavía en forma incompleta, en un manuscrito griego. Se ha discutido y se discute aún mucho acerca de la paternidad hipolitiana de este tratado, repugnando a muchos la asignación al santo y docto már­tir romano de una obra tan torpemente polémica contra San Calixto. Pero la ma­yoría de críticos son favorables por com­pleto a la autenticidad del libro, considerándolo precisamente como la obra más imponente de toda la producción teológica y exegética de San Hipólito. Wendland ha hecho su edición crítica en la serie de los «Griechische christliche Schriftsteller» de la Academia de Berlín.

E. Buonaiuti