Ezequiel

(Dios prevalece o conforta]. Libro sagrado del «Antiguo Testamento» (v. Biblia), escrito por Ezequiel (cerca de 627-570 a. de C.), el tercero de los profetas mayores, en len­gua hebrea. La presencia de alegorías y parábolas de naturaleza un poco enigmá­tica comunica aquí y allá cierta obscuridad a los 48 capítulos de este libro.

Comienza con una visión gigantesca de animales, de querubines fulgurantes, que guían el carro en que se apoya el altísimo trono de Dios. Esta teofanía grandiosa, no fácil de entender, fue repetida por San Juan en su Apo­calipsis (v.)< El elegido, amedrentado, cae al suelo y en esta posición recibe la orden de ir «en busca de los hijos de Israel, hi­pócritas y verdaderos escorpiones que inocu­lan veneno a los demás, tardos de mente y duros de corazón» (II). Ezequiel durante siete días permanece silencioso «en su casa. Transcurrido este tiempo oye una voz inte­rior que le expone la responsabilidad de vida y de muerte que pesa sobre él desde que recibió la misión (III). Y helo aquí con­vertido en centinela de su pueblo, fiador de Israel para con Dios. Ante el asombro de los hebreos desterrados en Babilonia él cumple con silencio expresivo estos actos originales que han de simbolizar las terri­bles calamidades que abruman al pueblo quebrantador de la fe (IV-V).

El profeta abre por fin la boca, pero para vituperar la maldad de los idólatras y de los deshones­tos, y para anunciar que el Señor hará cosas como no se han visto semejantes desde que el Templo existe (VI-VII). No hay que mecerse en vanas esperanzas. Is­rael y Judá serán exterminados con la espa­da, con el fuego, con bestias feroces, con hambre; los montes de la querida patria quedarán cubiertos de las ruinas de los altares de los ídolos rotos, y de los huesos de los que los adoran. Los ancianos de Judá van a su encuentro y Ezequiel es arrebatado en éxtasis ante sus huéspedes; considera el pecado capital de Israel y el ineluctable castigo que se aproxima. Visión dramática por la cual, viendo en el Tem­plo el sagrado carro de Yahvé, asiste espi­ritualmente a los actos idólatras que allí se perpetran y a las escenas de exterminio inminentes. Sigue el anuncio de la conver­sión y la futura renovación de Israel (VIII- XI). Otras acciones simbólicas son realiza­das, otras impresionantes parábolas, otros apólogos son pronunciados, para iluminar a sus hermanos y llamarlos a Israel (XII- XIII; XIV-XIX). Hasta aquí el profeta ha insistido casi exclusivamente en la catás­trofe final de su patria. En la segunda parte (XXXII sigs.) aparece un motivo más consolador: Israel será restaurado, tendrá un porvenir glorioso.

Y Ezequiel expone la naturaleza de esta renovación y traza su historia con los grandes rasgos de una vi­sión mesiánica. Isaías fue el profeta de la misericordia divina; Jeremías el profeta de su venganza; Ezequiel es al mismo tiem­po el profeta de la venganza y de la mise­ricordia de Yahvé. La reorganización de los hijos de Judá en tiempos de Ciro y la aflicción de los hijos de Judá en tiempos de Nabucodonosor, que constituyen los te­mas preferidos de Isaías y de Jeremías, constituyen el fondo de la profecía de Ezequiel, y sus promesas alcanzan tiempos lejanísimos, girando señaladamente en tor­no al misterio de Jesucristo y de su Igle­sia. El estilo de Ezequiel es personal y original: siente predilección por las imá­genes, las figuras, los símbolos. Si es infe­rior en elegancia estilística a Jeremías, emu­la casi a Isaías en la elevación. Terrible y vehemente, siempre severo y enojado, a menudo revolucionario, Ezequiel emprende los temas con un estilo a veces solemne, a veces descuidado y los prosigue con la perseverancia de un riguroso encadenamien­to de ideas. Ningún escritor del Antiguo Testamento es más enérgico, más combati­vo, ni más majestuoso.

G. Boson