Exposición del Apocalipsis, abate Gioacchino da Fiore

[Expositio super Apocálypsim]. Exposición, in­terpretación y comentario del Apocalipsis (v.) compuesto ya, al menos en par­te, en 1200.

El profeta calabrés se esfuerza en demostrar que el día de la próxima manifestación íntegra del Espíritu Santo y de la instauración de la nueva era espi­ritual a través de las terribles pruebas de calamidades, guerras, herejías y que la venida del Anticristo son inminentes (v. Concordancia del Antiguo y del Nuevo Tes­tamento); por medio de una detallada ex­posición de todo el simbolismo apocalíptico, descubriendo por todas partes arcanas ver­dades, y lanzándose alocada y caprichosa­mente a interpretaciones alegóricas, tor­turando y violentando el sentido propio y alegórico, aun a costa, si se da el caso, del sentido que da San Juan a sus alego­rías.

Así, los siete ángeles que reciben las trompetas son las siete edades del mundo de la segunda era del Hijo; las langostas son los herejes patarinos, identificados tam­bién con el Anticristo y con la segunda bestia; los cuarenta y dos meses, duración de la vida de la bestia de siete cabezas, se convierten en cuarenta y dos generaciones, para formar los 1260 años necesarios al cómputo de Gioacchino, que sitúa en esta fecha el comienzo de la era tercera, etc. La interpretación desemboca en la descripción de las siete edades de la historia de la hu­manidad, de los tres períodos, de los tres estados: conyugal, clerical, monacal, la so­ciedad entera. En la nueva época no habrá ya misterios, y la verdad, rasgado ya el velo de las alegorías, será contemplada cara a cara en visión intuitiva, y el amor reinará en el mundo. Gioacchino no cierra los ojos a la visión de la cruda realidad: a los odios que desgarran a los hombres, a las guerras sangrientas, a la mundanidad y el fasto que laceran a la Iglesia, a todas las calamidades que irán aumentando en intensidad a medida que se acerque la esca­tología apocalíptica; pero en esta visión del mal extremo halla la esperanza y la fe en el extremo remedio, y prevé una crisis del orden en el trabajo presente.

El hombre, purificado por el fuego, arrancará de su corazón los afectos egoístas; no habrá más lucha por lo mío y lo tuyo; la pobreza, con la supresión de las clases, honores y supremacías sociales, reinará como sobe­rana. Con esta conclusión hace suyo el as­cetismo exagerado de los cátaros y sus radicales esfuerzos para cambiar, no los dogmas o la doctrina, como aquéllos que­rían, sino la disciplina y la práctica del Cristianismo. De este modo se sitúa en la serie de los profetas, como quien penetra más profundamente que los demás en los secretos de Dios, como consolador y ani­mador, en tiempos tristísimos, hacia la es­peranza de un porvenir mejor, no por mérito de la disciplina y del magisterio jerárquico, sino por una profunda conver­sión de los corazones.

G. Pioli