Junto con Orígenes, San Hipólito, martirizado en 235-236, es el más fecundo exégeta del siglo III. Su múltiple actividad de maestro, pastor y polemista le obliga a ocuparse continuamente de la lucha antiherética, de la disciplina eclesiástica, a su parecer amenazada por el laxismo del obispo Calixto, y por fin de temas bíblicos, que va tratando en sus homilías para enseñanza de los fieles. Desdichadamente, de la amplia producción exegética de San Hipólito no se ha conservado más que una parte exigua.
Las citas de los escritores eclesiásticos de los siglos IV y V, especialmente de San Eusebio y San Jerónimo, nos dan los títulos de una gran cantidad de escritos o de homilías que San Hipólito dedicó a la ilustración o comentario de los libros del Antiguo o Nuevo Testamento. Pero el único comentario que se conserva íntegro es el de Daniel (v.), recuperado a través de una antigua traducción eslava por Bonwetsch, profesor en Dorpat, que lo publicó en 1897. El comentario de San Hipólito no solamente sigue el libro protocanónico de Daniel, sino también la historia de Susana y el cántico de los tres muchachos.
La obra consta de cuatro libros y puesto que cita el tratado del Anticristo, se puede asignar al año 203 o 204. Es el tratado exegético más antiguo del Cristianismo que se conserva íntegro. Al contrario de su gran contemporáneo Orígenes, San Hipólito es un comentador bíblico hermenéutico, sólido y claro, inclinado más a los métodos positivos característicos de la Iglesia de Antioquía, que a la inspiración de la escuela alejandrina, entregada al alegorismo.
E. Bonaiuti

