Epístola atribuida a Santiago el Menor, que figura entre las católicas, escrita en lengua griega tal vez el año 62 d. de C. en Jerusalén. Santiago el Menor, llamado «hermano de Jesús», era pariente próximo del Divino Maestro.
Obispo de Jerusalén, escribió esta epístola para los judíos conversos dispersados en las naciones paganas, enviándoles sus palabras de consuelo, la exhortación a mantenerse siempre en el recto camino, la justa interpretación de las cartas paulinas a los gálatas y a los romanos acerca de la ineficacia de la fe sin las obras. La carta comienza a la manera clásica propia de la literatura griega. Acto seguido emprende el tema: utilidad de las tentaciones permitidas por Dios para poner a prueba a las almas elegidas; origen de los bienes y los males con la bella imagen del hombre rico, semejante, en su ostentación de riquezas, a la flor del campo que al sol ardiente se marchita y muere; y para conclusión del primer capítulo, la hermosa descripción de la concupiscencia y de su acción deletérea en nosotros si nos alejamos de Dios.
Con el segundo capítulo se inicia la segunda parte de la carta: el autor corrige abusos y endereza algunas desviaciones de pensamiento; explica el motivo de que haya desigualdades sociales, enumera los deberes mutuos entre los fieles. La tercera parte va dedicada a consolar a los cristianos y a exhortarlos a la paciencia (IV, 7-11); a trazar después diversas reglas de vida según las necesidades (IX, 12-19). La autenticidad de esta epístola es controvertida; los protestantes en parte y los racionalistas no creen que sea auténtica. Apoyada en la tradición y muchos testimonios positivos, la Iglesia católica, en sus concilios, la puso entre los libros inspirados. Forma parte de los escritos deuterocanónico de la Biblia.
G. Boson

