Auto sacramental, en un acto y en verso, de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), representado aproximadamente en 1645.
El Autor (o sea, el Creador), inicia el «auto» invitando al Mundo a que le prepare un espectáculo cuyos actores se propone elegir él mismo. Mientras el Mundo prepara el escenario, el Autor llama a siete personajes y les distribuye los papeles. Uno será el Rico, el otro el Rey, los demás el Labrador, el Pobre, la Hermosura, la Discreción y el Niño. Al Labrador y al Pobre no les agradan mucho los papeles que les han sido confiados, en tanto que el Niño, que no tiene que hacer otra cosa sino morir antes de nacer, observa que el suyo es un papel que no requiere mucho estudio. El escenario está listo y resulta compuesto de dos puertas, en la primera de las cuales está pintada una cuna; en la otra, un ataúd. Distribuidos los papeles por el Mundo, que actúa de director de escena y de guardarropía, el espectáculo empieza. Los personajes quisieran ensayar, pero el Mundo les aconseja que improvisen. Salen, pues, los personajes, uno tras otro, de la cuna y, guiados tan sólo por una voz misteriosa que dice: «Ama al otro como a ti, y obra bien, que Dios es Dios», improvisan sus respectivos papeles: el Rico se entrega a los placeres, el Labrador trabaja y protesta, el Rey presume de su poder, la Hermosura se complace consigo misma, el Pobre pide inútilmente, la Discreción se afirma…
El espectáculo es una prueba, un certamen: cuando un personaje ha dado suficientes muestras de sus calidades, el Mundo le manda salir de la escena por la negra puerta del ataúd. Terminado el espectáculo, el Autor manda llamar a los personajes para distribuir los premios y los castigos; son acogidos a la mesa eucarística y a la beatitud, la Discreción y el Pobre, que han representado muy bien su papel; el Rey, la Hermosura y el Labrador son destinados al Purgatorio, el Niño no nacido al Limbo y el Rico al Infierno. La alegoría es bastante transparente y lo era más todavía para los contemporáneos de Calderón de la Barca, acostumbrados a considerar el problema de la gracia como un problema de apasionante actualidad: la representación improvisada representa el libre albedrío humano que, en unión de la gracia suficiente, don de Dios — en el «auto» está representada por la voz misteriosa—, puede crear la gracia eficaz y, por lo tanto, obrar la salvación, al menos según las doctrinas de Molina que Calderón seguía. Notable es la gran habilidad con que Calderón ha sabido dar cuerpo a unos conceptos teológicos, y la «vis cómica» con que son representados los personajes del Labrador y del Pobre.
A. R. Ferrarin
Calderón, sin ser en el estricto sentido de la palabra el mayor de nuestros dramaturgos, es el más profundo de pensamiento, el genio más sintético y más alto, el más grande ciertamente en el género simbólico. (Menéndez Pelayo)
El héroe popular de nuestro teatro es Lope, el nacional es Calderón; aquél, más rico, más espontáneo, más desorganizado; éste, más pobre, más reflejo y más preciso. (Unamuno)

