El Cautiverio Babilónico de la Iglesia, Martín Lutero

[Büchlein von der babylonischen Gefangenschaft der Kirche ]. Este libro de Martín Lutero (1483-1546) sigue a tres meses de distancia (octubre de 1520) su manifies­to A la nobleza cristiana (v.) Lutero con­fiesa, al comenzar, que se ha visto obli­gado por las polémicas que ha sostenido a tomar una posición cada vez más radical contra lo que él llama la «tiranía romana», que mantiene a la Iglesia en un cautiverio parecido al de los hebreos en Babilonia.

Y como el instrumento de esta opresión es la disciplina sacramental de la Iglesia, Lute­ro se propone examinar de nuevo su buen derecho a la luz de las Sagradas Escrituras. Reduce el número de los sacramentos de siete a tres (bautismo, eucaristía y peniten­cia); más tarde dejará de considerar la pe­nitencia como un sacramento aparte, reduciéndola al bautismo del cual es una ex­pansión. Pero, en realidad, afirma, hay un sólo «sacramento» bajo diversos «signos». El concepto sacramental se relaciona estrecha­mente, en Lutero, con la doctrina de la «jus­tificación por la fe» (v. Libertad del Cris­tiano). Puesto que la única condición para salvarnos consiste en creer confiadamente en las promesas de la misericordia divina, tiene máxima importancia que éstas sean atestiguadas de manera indudable para las conciencias atormentadas. Para esto sirven los sacramentos, que son justamente una so­lemne convalidación de la promesa de gra­cia, expresada en diversos «signos». Este concepto excluye, según Lutero, que el sa­cramento pueda ser considerado como «obra meritoria»; que la eucaristía en particular, sea un «sacrificio» ofrecido a Dios. El que comulga no da, recibe» y el recibir no con­fiere ordinariamente ningún mérito. El ha­ber hecho de la misa un «sacrificio» y una obra meritoria es una de las «cadenas» de que se sirve el Papado para tener en «cau­tiverio» a la Iglesia. Otra cadena es la su­presión del cáliz para los laicos, lo cual acredita la idea de una superioridad de «es­tado» del clero.

Y la tercera cadena es la doctrina de la transubstanciación, por la cual el sacerdote celebrante se convierte en instrumento de un milagro físico. Lutero, por lo demás, no se propone negar en modo alguno la realidad de la presencia del cuerpo de Cristo en las especies eucarísticas, sino que combate la doctrina escolástica de la transmutación de sustancia por ser doctri­na reciente, debida a la influencia de la filo­sofía aristotélica con sus categorías (sustan­cia y accidentes), pero no contenida en las doctrinas ni necesaria para la piedad. Para demostrar cómo se puede concebir la rea­lidad de la presencia de Cristo sin afirmar una transformación de los elementos, Lute­ro propone la analogía del hierro candente; como el fuego penetra en todas las partícu­las del hierro, así el cuerpo de Cristo com­penetra los elementos eucarísticos («consustantiatio»). Pasando a tratar del bautismo, Lutero niega que su eficacia pueda ser bo­rrada por un pecado aunque sea mortal, mientras subsista la fe, esto es, la con­fianza en la remisión de los pecados por pura gracia. El pensamiento del propio bau­tismo es, pues, para el creyente un consuelo inconmovible en las desgracias de la vida, la promesa de un retorno siempre posible a la casa del Padre celestial. En este senti­do, como se ve, la meditación del bautismo viene a recubrir y consolidar por sí mismo el consuelo de la penitencia, que cesa como sacramento aparte. Lutero trata después de los votos monásticos (fuertemente combati­dos) y de los demás actos sagrados (confir­mación, ordenación, matrimonio, extrema­unción) a los que niega el carácter estricta­mente sacramental, o porque no prometen la remisión de los pecados (matrimonio), o porque están reservados para una categoría particular de personas (ordenación), o por estar, según su conocido criterio, insuficien­temente fundados en la Sagrada Escritura.

G. Miegge