De los Sacramentos de la Fe Cristiana, Hugo de San Víctor

[De sacramentis christianae fidei]. Obra capital de teología sistemática — el primer gran sistema completo de dogmática en la era de la alta Escolástica — del teó­logo y místico Hugo de San Víctor (Hugues de Saint-Victor, 1097 aproximadamente- 1141); nacido probablemente en Flandes o en Lorena, monje y más tarde prior y di­rector de estudios en la abadía de San Víc­tor, de París;’ compuesta, según parece, des­pués de 1136.

La palabra «sacramentos» está tomada en este caso en su sentido general de cosas sagradas: y en esta obra tenemos, realmente, «casi un breve sumario univer­sal» dividido en dos partes: del principio del mundo a la encarnación del Verbo; de la encarnación a la consumación final. «El lógico, primeramente comprende y luego cree; el teólogo, cree primero y luego com­prende; el místico llega al conocimiento por la contemplación». Ésta es la posición de Hugo, quien se apoya sobre todo en la ex­periencia íntima de la fe. Mientras los pla­tónicos y San Agustín toman como punto de partida el alma para alcanzar la cima en la escala de los seres y elevarse hasta Dios, Hugo parte del primer acto de la ex­periencia, que el alma tiene la conciencia de existir y que tuvo un principio por obra externa. La contingencia del alma, como la contingencia de las cosas exteriores, se re­montan a un Creador que no ha tenido prin­cipio. El alma encuentra en sí misma un vestigio, un consejo y como un recuerdo de la divina Trinidad; sustancialmente, in­telecto y voluntad que halla en sí.

La Igle­sia, «cuerpo de Cristo, vivificada por un solo espíritu, unida por una fe y santifica­da», data del principio del mundo y se hace nuestra por la gracia y la caridad; en ella hay dos vidas, la celestial y la terrena y, asimismo, dos pueblos, dos poderes, dos je­rarquías, de las cuales la espiritual domina sobre la temporal. Los dos grandes proble­mas de la ciencia, presciencia, predestina­ción y voluntad divina, atraen a Hugo, que trata ampliamente de los dones naturales y sobrenaturales del primer hombre y de su caída; investiga todo el problema cristológico y soteriológico; el de la gracia y el libre albedrío, y los sacramentos en general y en particular. A la moral son dedicados cuatro libros sobre el fin del hombre, el decálogo, los preceptos, las virtudes y vi­cios, la oración y los votos. Mientras San Buenaventura en su Reducción de las artes a la santa teología (v.) presenta a San Anselmo como figura preeminente en el raciocinio, San Bernardo en la predicación, Ricardo de San Víctor en la contemplación, dice de Hugo: «Hugo vero omnia haec». Dante lo muestra en el «Paraíso» (XII, 133), en compañía de San Buenaventura y otros bienaventurados. Su influencia fue consi­derable, especialmente en el siglo XII, en todos los ramos del saber. Los manuscritos del De Sacramentis se reprodujeron pro­fusamente a la vez que se hicieron de él compendios en verso y en prosa; también se han recogido extractos en los compendios teológicos; las notas marginales del tratado hacen constante referencia a ello.

Pietro Lombardo se atuvo especialmente a los Sa­cramentos y, todavía más, a la Suma de las sentencias, de Hugo (más rica en referen­cias patrísticas), tomando ideas, expresio­nes y páginas enteras. El estilo y la len­gua, la frase neta y natural, el calor y la fascinación penetrante — que le ha hecho llamar «un segundo San Agustín» — tuvie­ron gran importancia en la influencia ejer­cida por sus obras. Pero, sobre todo, se aprecia en Hugo un incomparable fervor de búsqueda: «Los problemas que se pro­ponen al hombre son éstos: vivir y buscar. Quien busca y no halló lo que busca y lo busca porque lo ha perdido, o si no lo perdió, porque nunca lo encontró, no posee ciertamente lo que busca, porque nunca poseemos enteramente aquello de que te­nemos necesidad. Y ¿qué es lo que busca­mos sino la verdad y la bondad? Muchos buscan la verdad sin la bondad; y si por fin la obtienen, no proviene de aquella ra­zón donde se encuentra la salvación».

G. Pioli