Tratado de teología mística atribuido durante toda la Edad Media, juntamente con otra obra (v. De los nombres divinos y De la teología mística) a Dionisio el Areopagita, primer obispo de Atenas, que fue discípulo de San Pablo. Ahora se ha demostrado que este tratado es debido a un escritor místico cristiano quizás de Siria, que debió de vivir a fines del siglo V. Importante históricamente y por la poética clasificación de los espíritus angélicos en tres órdenes descendientes y en nueve coros, clasificación adoptada por los mayores teólogos y entrada en la liturgia de la Iglesia, y seguida por Dante, esta obra tiene también un gran valor por las ideas expuestas en los primeros capítulos: sobre el simbolismo del culto católico, «el carácter imaginario de todas las cualidades atribuidas a los ángeles», la inadecuación de todos nuestros medios de representación de las cosas divinas «en las cuales la afirmación es menos justa y la negación más verdadera».
Todas las representaciones sensibles de lo invisible y espiritual, efectivamente, con su misma diversidad, hacen que aparezca «falso e inverosímil que se parezcan en algún modo al esplendor de las realidades celestes y divinas: pero nada de cuanto existe está absolutamente falto de belleza: ya que todas las cosas son bastante buenas, como dice la Verdad misma». Sigue su construcción fantástica de la jerarquía celeste, «a la vez orden, ciencia y acción»; en la cual trata de las funciones angélicas de hacer visibles las teofanías divinas a los hombres y de la parte desempeñada por los ángeles en la economía de la Redención; y de ahí, de las atribuciones de los distintos grados descendientes de la jerarquía celeste. Incidentalmente, se recuerda que «existe como un solo principio también una sola providencia para todos los pueblos… y Dios designó sus ángeles para cuidado y salvación de todos los hombres…, aunque, en medio de la general infidelidad, los hijos de Jacob han quedado como únicos depositarios del conocimiento del Altísimo»; y se justifica el nombre de «dioses» atribuido a las naturalezas celestiales y «también a los más santos personajes que adornan nuestros órdenes». Sigue una explicación del significado misterioso de los símbolos atribuidos en las Sagradas Escrituras a los ángeles. El canto XXVIII del Paraíso dantesco, con su inmenso cono en rotación y fulgurante, que representa la jerarquía divina, viene a ser el comentario y casi la compendiosa condensación de esta Jerarquía celeste. Trad. italiana de Domenico Giulotti (Florencia, 1921).
G. Pioli

