De la docta ignorancia, Nicolás de Cusa

[De doc­ta ignorantia]. Obra filosófica del cardenal alemán, llamado también Cusano (1401-1464), terminada en 1440 e impresa en 1488. La «docta ignorancia» consiste en re­conocer la imposibilidad de un conocimien­to racional de Dios, dado que la inteligen­cia humana es finita, e infinita es, por el contrario, la divinidad. No pudiendo exis­tir relación alguna entre finito e infinito, hemos de acercarnos a Dios conscientes de nuestra finitud, «buscando la verdad con un método no comprensible, es decir, por en­cima de lo que es la razón humana». Así, trascendiendo los límites de la lógica, debe concebirse a Dios más allá de toda oposi­ción; Él es, en efecto, el máximo que es también mínimo, siendo en acto todo cuan­to puede ser, de manera que es complica­ción de todas las cosas en su unidad trina.

Para aclarar intuitivamente su concepto, el Cusano se sirve de símbolos matemáticos, considerando las matemáticas como la cien­cia más perfecta porque prescinde más que ninguna otra del elemento material. Según tal simbología, por ejemplo, a medida que crece el diámetro de una circunferencia, dis­minuye su curvatura; de modo que al ex­tremo de tal proceso la línea recta infinita coincidirá con la circunferencia de curva­tura mínima; y a través de una serie de construcciones y deducciones (cuya legiti­midad está ligada con la del uso, discuti­ble en terreno matemático, de conceptos ta­les como el de potencia y acto) se llega a la conclusión que, en una circunferencia infinita, diámetro, centro y circunferencia son una misma cosa.

«Tú ves, pues — con­cluye el Cusano — que el Máximo es, en cuanto a centro, principio de todas las co­sas; fin de todas las cosas en cuanto a circunferencia; y, en cuanto a diámetro, medio de todas las cosas». Una teología «afirmativa», según el pensamiento del Cu- sano, es insuficiente porque «siempre hace referencia a las criaturas», mientras que la teología negativa es más verdadera por cuanto tiende a separar todo atributo hu­mano de Dios, llegando incomprensiblemen­te a Él a través de la docta ignorancia. En el libro segundo, el Cusano trata del uni­verso y de sus relaciones con la divinidad. .Todas las cosas se hallan potencialmente contenidas en Dios; es lo que el Cusano expresa diciendo que Dios «complica» en sí mismo todas las cosas. Por otra parte, Dios es pensado por él como la suprema y suma forma o actualidad, la «forma de las for­mas»; por lo que puede decirse que Él «explica» todas las cosas sacándolas de sí mismo.

La totalidad de las cosas creadas se presenta, comparativamente a las criatu­ras particulares, como un «máximo»; pero, apresúrase a precisar el Cusano, el universo sólo es «máximo contracto»; para compren­der semejante expresión, es menester tomarla a la letra como antífrasis del «má­ximo absoluto», que es Dios; de este modo el universo será concebido como el máximo concreto y relativo, «unidad en la que se hallan Dios y la criatura sin que se con­fundan ni se junten». Es infinito; pero la infinitud del universo no es, como la divina, una verdadera infinitud, sino una infinitud «privativa», en el sentido de que, no exis­tiendo en acto nada que pueda limitar el universo, éste carece de límites; es, por consiguiente, infinito. La unidad de Dios, aun siendo fuente de toda pluralidad, está libre de pluralidad; por el contrario, la unidad del universo, aun siendo máxima, se contrae (o se concreta) en relación a la pluralidad de las cosas que contiene, de forma que la suya es «unidad en la plura­lidad». El universo, a semejanza de la infi­nitud absoluta, posee gradaciones infinita­mente varias de seres. En cuanto a la ma­teria del universo, el Cusano niega que preexista, como posibilidad absoluta y real, a los cuerpos. Por otra parte, el Cusano rechaza de plano la doctrina de un «Alma del mundo» que contendría en sí misma, distintas y perfectas, las formas o ideas «subsistentes per se» y principios de las cosas. Para el Cusano todas las cosas tie­nen una razón única simplicísima, que es Dios mismo en forma de Ver­bo, o concepto.

Todas las cosas están uni­das al Uno con amoroso nexo mediante un impulso o espíritu que conserva al uni­verso subiendo continuamente al universal y bajando a determinarse en el particular; este impulso o espíritu difuso procede de Dios y es Espíritu Santo. Por eso Dios Uno y Trino es el único principio del universo. En este punto, bajo el título «Corolarios sobre el movimiento», se inserta el tratado sobre el movimiento, teoría notabilísima tanto por la elegancia científica con que es desarrollada como por su importancia ob­jetiva y la influencia que ejerció sobre el pensamiento metafísico-cosmológico poste­rior. Puesto que el universo es contracto, esto es, relativo, nada puede existir en él que sea perfectamente igual y absoluto; todos los cuerpos celestes se mueven y con ellos también la tierra, porque el movi­miento es vida. Pero el movimiento es re­lativo, como cualquier otra determinación mundana; por lo que, aunque ninguna cosa puede ser absolutamente ni centro ni cir­cunferencia, puede en verdad decirse que la «máquina del mundo» tiene el centro en todo punto y la circunferencia en ningún lugar, en cuanto centro y circunferencia es Dios, que está en todas partes y, al mismo tiempo, en ningún lugar. No debe considerarse a la tierra más vil que los demás as­tros, pues es perfecta por su grado de con­tracción, es decir, relativamente; y es admi­rable en verdad el arte que Dios ha puesto en la creación.

Finalmente, en el libro ter­cero el Cusano trata de Jesucristo, que es máximo absoluto y, a la vez, contracto, y por ello es mediador entre Dios y el mun­do. La naturaleza humana, que por ser «el más alto grado de las naturalezas inferiores y el más bajo de las superiores», complica en sí a todas las naturalezas, por lo que fue justamente llamada «microcosmos», es aquella que, elevada a la unión con el Má­ximo absoluto, podía llegar a ser la ple­nitud de todas las perfecciones del univer­so. Por esto Cristo fue Dios y hombre; por Él la naturaleza humana fue liberada del peso de las pasiones temporales y pecami­nosas y alcanzó la inmortalidad.

De este modo, o sea de un modo que sobrepasa la comprensión racional, Cristo es el lazo de unión entre finito e infinito. Jesús, incog­noscible a la inteligencia, sólo se compren­de mediante la fe, que, para ser viva, debe ir acompañada del amor. La verdadera fe hace al hombre «Cristiforme», esto es, ca­paz de desprenderse de todas las cosas sen­sibles para seguir las huellas de Cristo. El Cusano puede ser considerado como un pre­cursor de los tiempos nuevos, en particu­lar de Bruno y de Spinoza, por el inmanentismo y el dinamismo de su concepción del universo, que además le lleva a la genial intuición del movimiento de la tierra, pero, por otra parte, no puede sustraerse al en­canto de la simplicidad y del amor creyente que tiene su origen en cierto misticismo medieval que invade toda su obra: por ello la Docta ignorancia es de una belleza aus­tera, hecha de lucidez intelectual, mezcla­da con la ingenuidad ferviente de una fe profunda. [Trad. de Demetrio Náñez y R. Warshaver (Buenos Aires, 1948)].

G. Alliney