Contra Símaco, Aurelio Prudencio Clemente

[Contra Symmachum]. Poema apologeticodidáctico, en dos libros, de Aurelio Prudencio Clemente, poeta cris­tiano del siglo IV-V, español de origen, au­tor de otros dos poemas del mismo género, la Apoteosis (v.) y la Hamartigenia (v.). En la introducción, en 89 asclepiadeos, el autor cuenta cómo San Pablo, símbolo del Cristianismo, al desembarcar después de un naufragio en la isla de Malta, consiguió, por la fuerza de la oración, hacer inofen­siva la mordedura de una víbora. En el primer libro, en 658 hexámetros, Prudencio demuestra lo absurdo de la idolatría; pasa revista a los principales cultos romanos y, con argumentos ya adoptados, entre otros, por los apologistas Tertuliano y S. Cipriano, demuestra su inmoralidad. Con un largo y detallado discurso, derivado seguramente del que pronunció en 394 el emperador Teodosio, invita finalmente a gran parte de los romanos a convertirse a la verdadera reli­gión; entre los pocos reacios está Símaco, el mayor orador de aquellos tiempos, con­tra el cual se dirigió esta obra. Probable­mente poco después de una nueva tentati­va, por parte de los seguidores de Símaco, de restaurar la antigua religión, se toman de nuevo los argumentos expuestos por San Ambrosio en las dos cartas contra el mismo ilustre orador.

En el segundo libro, en 1.131 hexámetros, precedido por un segundo pre­facio en 66 glicónicos, donde el poeta invo­ca la ayuda de Cristo, Prudencio refuta uno a uno los argumentos de Símaco; es interesante la afirmación, derivada por otra parte de los apologistas, de que la grandeza de Roma no es debida, como quiere Símaco y creen los más, a las divinidades paganas, al «genio» de la Urbe, a los cuales Roma, que ha introducido cultos nuevos y extra­ños, no ha sabido mantenerse fiel; la Pro­videncia ha querido, con esta grandeza, preparar y facilitar la difusión del Cristia­nismo. Lo mismo que en otras obras de Prudencio, son frecuentes las alusiones a usos y hechos de la época; el poema se cierra con una viva exhortación al joven empera­dor Honorio para que se digne suprimir los juegos de gladiadores, vergüenza de todos los romanos. Sobre todo son notables en esta obra, además de algunos rasgos de vivo y enérgico realismo, como el que se refiere a las vestales, el amor y el respeto profun­do que el autor demuestra por la grandeza de Roma y por todas las instituciones ro­manas: el Cristianismo, según su parecer, perfeccionará esta grandeza y será factor esencial para su inmortalidad.

E. Pasini