Apologías de San Justino

En la tra­dición manuscrita han llegado hasta nos­otros dos apologías de San Justino, mártir greco-palestino y el mayor de los apologis­tas griegos del siglo II, nacido alrededor del año 100, y martirizado en Roma entre 163 y 167. La más larga e importante lleva el título de Segunda apología dirigida a An­tonio Pío en favor de los Cristianos, la otra, mucho más breve, se titula Apología dirigida al Senado Ro­mano en favor de los cristianos y, según la opinión de los críticos, era una especie de apéndice a la primera, aña­dido para una ocasión determinada (la con­dena del cristiano Tolomeo y de sus com­pañeros) o, sencillamente, la última parte de la primera, separada más tarde y envia­da como obra aparte. La Apología mayor, compuesta alrededor del año 150, va dedi­cada a Antonino Pío, a su hijo Marco Au­relio, a Lucio Vero y al Senado Romano; comprende 68 capítulos en que el autor de­fiende a los cristianos de las acusaciones que se les han dirigido, insistiendo sobre todo en demostrar la falsedad de las acu­saciones de ateísmo y de enemistad hacia el Estado.

Confuta después las doctrinas paganas, y proclama y defiende la verdad de la religión cristiana. La confutación del paganismo está basada en el sentido de la superioridad de la religión monoteísta y de los firmes principios morales del Cris­tianismo y se dirige, por lo demás, sin or­den lógico ni distinciones metódicas, contra los mitos populares ya combatidos por los mismos filósofos paganos; la defensa del Cristianismo se apoya en la Sagrada Escri­tura y en la realización de las profecías, que son comentadas minuciosamente en todas las particulares de la vida de Cristo. La teología de San Justino no es todavía profundizada orgánicamente, pero se hallan en ella intuiciones felices destinadas a un amplio desarrollo: no son muy claras sus ideas acerca de la Trinidad y la Creación; mejor desarrollado está el concepto de la Encarnación: el Logos, al encarnar la hu­manidad entera, ha iluminado al mundo en todos los tiempos, dando a algunos grandes hombres, como, entre otros, a Sócrates, Heráclito, Abraham, Elias, la posibilidad de entrever algunas verdades. En la última par­te se describe la vida cristiana con sus cere­monias particulares: para la historia del culto son importantes los capítulos 61-67. El trabajo de San Justino no es conducido según un hilo lógico, sino continuamente interrumpido por largas digresiones sobre temas diversos.

Con todo, es tal el ardor de su fe que logra dar una íntima unidad a temas no siempre coordinados entre sí y a dictarle expresiones conmovidas y bri­llantes. Más que en la parte estrictamente polémica, cuyos temas son en su mayoría enmarañados, sin discernimiento y con no pocos errores históricos (por ejemplo, la divinidad sabina, Semo Samos es identifi­cado con el mago Simón I, XXVI, 2), la Apología es interesante por su exposición de las relaciones entre la religión y la fi­losofía. Antes de convertirse al Cristianis­mo, San Justino había estudiado largo tiem­po la filosofía, e incluso como cristiano experimenta el influjo sobre todo de Platón y de los estoicos, precursor en esto de la teología alejandrina.

C. Schick